No hay para qué haber leído los diarios para enterarse del episodio vivido por el diputado René Alinco. El hecho corresponde a ese tipo de noticias que pasan directamente a la transmisión oral y se van quedando en la memoria de todos. En lo que va de una pura mañana cinco personas me han ido agregando detalles del bochorno, cada una mostrando una sonrisa de burlesca satisfacción.
En una antigua película titulada Brotherly love , el personaje representado por Peter O'Toole -un angustiado cínico escocés- entra de improviso a la pieza donde estaba su hermana con su marido y exclama con desafiante desdén: «¡Hay olor a sexo bruscamente interrumpido!».
Los casos de sexo bruscamente interrumpido son una gran frustración para sus protagonistas, pero un festín para los amigos, los conocidos y el público en general. Podría hacer un libro con todas las historias de este tipo que conozco, pero no quiero ser infidente. ¿Han escuchado el famoso chascarro rotulado con la frase «después te explico»? Averígüenlo, no podrán parar de reírse.
El Gallego, un amigo argentino, me habló alguna vez sobre un tipo que estaba en un suburbio oscuro de Buenos Aires en este trance: en su auto, dándole como caja con una joven, completamente sustraído por el vértigo de la carne. En eso fue encandilado por unos focos y escuchó unos gritos de mando: era la policía. Los «botones»-me parece que así les dicen o decían a los pacos en Argentina- lo sacaron del auto, lo pusieron contra la pared aún con los pantalones abajo y tras registrarlo le preguntaron si la niña con la que estaba era su novia. El pobre hombre contestó: «No, bueno, este…, es una buena amiga». La respuesta les causó hilaridad a los policías, tanta que dejaron a la pareja irse sin levantarle cargos.
Es claro que en Chile, en cuarenta años, ha cambiado bastante la oferta de recintos donde poder ejercer el hambre carnal con cierta intimidad, si bien en los años ochenta, en algunos hoteles parejeros de barrios relativamente céntricos, solían sacar fotos a través de los espejos, no sé sin con objetivos comerciales o puramente masturbatorios. Después, en San Bernardo, alguien le sacó partido a un sitio eriazo improvisando un drive-in nocturno que llamaron el Besódromo. Es sabido que donde surge una necesidad aparece también un negocio.
El hecho es que años ha era bastante frecuente ver a parejas unidas en un solo cuerpo frenético en plena calle, en la penumbra de algún rincón pasado a amoniaco. La imagen graficaba esa famosa frase de Shakespeare: «El monstruo de dos espaldas». Los amantes del rincón ejercían, dadas las condiciones objetivas de su situación, la postura conocida como «la paraguaya». A veces las viejas de los segundos pisos lanzaban baldazos de agua fría sobre ellos, como se hacía también con los «perros pegados», acaso el espectáculo más obsceno que mancilló tempranamente el espacio impoluto de tantas almas infantiles.
Lo de Alinco no es ninguna novedad. La idea de convertir en tálamo el cacharro del estrés cotidiano es bastante estimulante: la experiencia de la clandestinidad y de la libertad en un mismo flujo de sensaciones.
Los casos de sexo bruscamente interrumpido son una gran frustración para sus protagonistas, pero un festín para los amigos, los conocidos y el público en general.


