Hasta ayer nomás hubo embajadores que ofendieron naciones completas a título personal, pero Bielsa ya no puede ser Bielsa, sino un muñeco protocolar del deporte, y el Presidente ya no puede ser un hombre, sino una institución.
Al revés, tal vez todo el mundo sí recuerda que Hugo Chávez, cada vez que se ponía confianzudo con Michelle Bachelet y hacía con las manos cosas que un presidente no debe hacer ni con la mirada, era juzgado con una incómoda indulgencia por la opinión pública, considerando a su favor no sé qué desorden conductual que supuestamente afecta a los habitantes de países tropicales. A Chávez pocos lo tragan, pero todos aceptan -y no hace falta ser el rey de España para decirlo- que sus irritantes impertinencias vienen incluidas en el paquete.
Pero, claro, Chávez está en Venezuela y Bielsa en Chile, así que su carácter -carácter que por lo demás es un ligero pajarillo demente comparado con el del rústico yunque venezolano- es lo último que se considera en la colada. Hasta ayer nomás hubo embajadores que ofendieron naciones completas «a título personal», pero Bielsa ya no puede ser Bielsa, sino un muñeco protocolar del deporte, y el Presidente ya no puede ser un hombre, sino una institución.
Por otro lado, algo no anda muy bien cuando se arma un escándalo de Estado a partir de lo que hace o deja de hacer un entrenador de fútbol, porque la Selección puede ser todo lo nacional que se quiera, pero no es un ministerio ni una repartición pública, sino sólo eso: un equipo de fútbol. El resto es bochinche, como decía Joaquín Edwards Bello. Nicanor Parra cuenta una anécdota de Vicente Huidobro, que no sé si venga al caso, pero que, como es cortita y se me acaba el espacio, la transcribo igual: «Cierta vez / tuvo la ocurrencia / de disfrazarse de mendigo / y se puso a pedir limosna en la puerta de la catedral. / Pronto se le acercó el sacerdote mayor en persona / Agitando en el aire una moneda de plata / Que Huidobro rechaza dignamente / Con una frase lapidaria que se hará célebre: / ¡Retírate, ególatra!».


