Se obsesionó juntando cosas y murió en un laberinto de desperdicios

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Moisés Campos sufría el Síndrome de Diógenes

Su vivienda era un castillo de cosas inservibles, que él buscaba incansablemente por la ciudad.

«Ojo, deje su dirección entre las chapas», había escrito Moisés Campos en la puerta de su casa, en Chacabuco 1328. Las personas que lo iban a buscar, para pedirle que les reparara sus refrigeradores, muchas veces no lo encontraban y debían dejarle un papel con los datos, tal como sugería ese mensaje. Después él lo leía y partía a hacer el pololito, en su vieja bicicleta roja, a la que le amarraba un carrito.

«Era una eminencia reparando refrigeradores. No había nadie que supiera más que él», cuenta Agustín Moya, un vecino.

Cada vez que salía, este hombre de 70 años instalaba en la puerta de su casa una especial alarma contra robos: a uno de los extremos del cordel que amarraba al pestillo desvencijado, le daba dos vueltas en la manilla. Si al volver el cordel no estaba igual, significaba que alguien había entrado. Protegía a toda costa lo que estaba juntando.

«Hace como un año que entró en esa enfermedad de cachurear. Salía en las noches con su carrito y a veces volvía como a la una de la mañana», cuenta Moya.

Acaparaba refrigeradores y mucho más. Su casa era un laberinto de cajas de bebida, cocinas destartaladas, coches de guagua, juguetes viejos, cartones, alambres oxidados, lavadoras inservibles, diarios amarillentos, repuestos grasosos, lavamanos, mesas, muebles gastados, fierros, tablas apolilladas y objetos menos definibles. Tanto había acumulado, que en su casa no existía cocina, ni living, ni baño. Nada más que pasadizos en los que sólo alguien tan chico y tan flaco como él podía deslizarse. Como los gatos que lo rodeaban.

«Una vez anduvo desaparecido y entramos a la casa. Apenas podíamos movernos. Algunos sabíamos que tenía dos camas, pero no estaba en ninguna de ellas. Es que no tenía cómo llegar a esas camas, porque estaban tapadas de cachureos. Entonces se hizo otra cama. Dormía como en una madriguerita», cuenta Julio Rodríguez, un mecánico de autos que trabaja en la calle Chacabuco.

Hasta el techo estaba lleno de desperdicios y tenía un hoyo por donde los subía o los bajaba. Una vez sus vecinos quedaron extrañados cuando le preguntaron qué había almorzado. Él respondió»arrocito con hamburguesas». Pero dónde, si en su casa no había nada que funcionara y tampoco había salido. Quizás no quería preocupar a nadie. Quizás no tenía a nadie, aunque hablaba de parientes de San Felipe o Quilpué.

«Me dijo una vez que estaba separado y que no sabía de su señora», recuerda Julio Rodríguez.

Contó un día que esos parientes también vivían en la calle Chacabuco, de alguna de esas ciudades, en una casa con un número muy similar al 1328.

Desde hace un mes que las mujeres no escuchaban el «me alegro de verla bien, vecinita», que tan cordialmente lanzaba Moisés Campos. El miércoles llamaron a Carabineros, para averiguar qué había pasado con él. Abrieron la puerta, que tenía el cordel con las dos vueltas de siempre en la manilla, y lo encontraron muerto en su «madriguerita». Su cuerpo tuvieron que sacarlo por el hoyo en el techo, porque los cachureos no dejaban espacio.
Las causas del síndromePuede ser por una depresión

Al trastorno de acumular basura y objetos viejos se le denomina erróneamente «Síndrome de Diógenes» porque el nombre hace alusión a Diógenes de Sinope, un filósofo griego que proclamaba la independencia de lo material.

«Es la descripción de una alteración conductual», explica Jaime Santander, siquiatra de la Clínica San Carlos de Apoquindo de la Universidad Católica. Las causas son variadas, según él. «Primero, el aislamiento y el abandono, pero suele subyacer una depresión, un duelo agravado con los años tras la muerte de la pareja y un cuadro sicótico, es decir, una alteración de la realidad».

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