Aunque día a día uno reclama por la inercia ambiental y se lo pasa pidiendo cambios radicales, hay otros aspectos de la experiencia en que uno ya no quiere más guerra y está dispuesto a tirarla toalla.
La palabra «reaccionario» tiene connotaciones tan negativas que a menudo resulta un insulto, aun cuando el aludido se sienta plenamente interpretado por un tradicionalismo a ultranza. Es interesante ese fenómeno: adjetivos que se vuelven armas arrojadizas a pesar de ser las descripciones más justas o adecuadas. Ahora ya no tanto, pero hubo una época en que los intelectuales se ofendían si les decían intelectuales. Los comerciantes, acaso porque aún los apalean ciertas resonancias bíblicas, se enojan si uno los llama mercaderes. Un extremo de esto está en el caso de los ciegos o los sordos, que de un momento a otro vieron transformarse su calificativo más propio en un estigma, aunque nadie pueda explicar de manera convincente por qué es mejor recurrir a expresiones como «persona no vidente» o «persona con discapacidad auditiva».
Pero no quiero desviarme. Me temo que la reacción ya no sea una tendencia política. Es decir, los reaccionarios de ayer, asociados de manera inequívoca a las derechas conservadoras más rancias, no son comparables con los reaccionarios de hoy. En efecto, las derechas rancias han enarbolado banderas que llaman al cambio y la innovación, mientras que las izquierdas revolucionarias han adoptado una posición defensiva, inercial y nostálgica. La cosa está tan revuelta que los reaccionarios quedaron repartidos en todo el abanico político, y es tan confuso todo que oponerse a los cambios ha llegado a ser una actitud revolucionaria.
Hace unos días fue anunciada por la RAE la nueva ortografía, lo que ha desatado un vendaval de críticas y abucheos. Es el mundo al revés: la institución reaccionaria por antonomasia quiere dinamitar el sentido común, mientras que los hispanohablantes más transgresores han puesto el grito en el cielo y, armados hasta los dientes, ya elevan sus pancartas para que todo vuelva a ser como era. En realidad, parece un capricho académico quitarnos los acentos a diestra y siniestra, dejándonos en el descampado absoluto de los equívocos y las anfibologías. Los que vivimos para escribir, los que nos pasamos los días torciéndoles el pescuezo a la gramática y al léxico, hoy clamamos por un instante de calma: no más cambios, por piedad, estábamos tan bien con nuestras páginas llenas de acentos, todos puestos con cariño y fervor, como una lluvia oblicua que refrescaba nuestras palabras más áridas.
Aunque día a día uno reclama por la inercia ambiental y se lo pasa pidiendo cambios radicales, hay otros aspectos de la experiencia en que uno ya no quiere más guerra y está dispuesto a tirar la toalla. Yo no sé, por ejemplo, qué beneficio nos reporta que los procesadores de textos nos dejen obsoletos cada tres años o que nuestros computadores no alcancen a envejecer cuando ya se han convertido en cafeteras. Tanta revolución cansa. Uno se vuelve un reaccionario total, cuyo único deseo es que alguien diga «un, dos, tres, momia es» y que el tiempo se detenga, que descuelguen las nubes y que nos dejen en paz, por un minuto al menos, en un lugar primitivo y absolutamente cavernario.


