Galería londinense exhibe medio centenar de obras de la autora
La artista se mató en 1981, a los 22 años, y dejó como herencia un archivo donde reunió casi mil registros de sus curiosas performances.
Una amiga le preguntó una vez a Francesca Woodman por qué siempre se usaba a sí misma como modelo de su abundante y valiosa obra fotográfica. La respuesta de la joven autora estadounidense fue bastante sencilla: «Es cuestión de conveniencia: siempre estoy disponible».
Woodman decidió morir joven. Se suicidó en 1981, a los 22 años, lanzándose desde una ventana del edificio donde vivía en Manhattan, Nueva York. Dejó como herencia artística un archivo contundente, que se compone de 800 imágenes tomadas, la mayoría, con ella frente a la cámara.
La originalidad y al mismo tiempo sencillez de sus fotos, al igual que su trágica y precoz muerte, han hecho que la artista y su trabajo sean protagonistas de un intenso debate que se ha prolongado por casi treinta años, el tiempo que ha pasado desde su deceso. La discusión recrudece cada vez que se presenta una exhibición de su obra. En esas ocasiones, críticos y teóricos vuelven a poner en circulación sus interpretaciones acerca de lo que la fotógrafa quiso transmitir, sin alcanzar acuerdos.
En Londres se inauguró ayer una nueva muestra de imágenes de Francesca Woodman, quien empezó a tomar fotos a los 13 años. El montaje, que presenta la Galería Victoria Miro de esa ciudad, incluye medio centenar de piezas, entre ellas una serie titulada Canciones del cisne , realizada por la artista para su tesis de graduación en 1978.
La exposición permite conocer los elementos clave de la fotografía de la autora, quien ha sido definida como un prodigio debido a su constante experimentación y a las intrigantes escenas que registró con la cámara.
Captados en blanco y negro, y bastante despojados, los trabajos corresponden a autorretratos de su creadora -muchas veces desnuda- en ambientes interiores abandonados y con señales evidentes de deterioro.
Hay imágenes en las que Woodman resalta una parte de su cuerpo mientras desenfoca el resto y otras en las que se contorsiona, tratando de calzar dentro de los márgenes de un mueble o de un pequeño rincón.
Desconcertados por esas inquietantes estampas, los críticos suelen interpretarlas tomando como punto de partida el ineludible episodio del suicidio. Tal enfoque, por cierto, no agrada mucho al pintor y fotógrafo George Woodman, padre de la autora.
«No creo que ese punto de vista sea particularmente productivo», opina el hombre.


