La máscara es eterna

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Scream 4

A lgo cambió hace 14 años cuando se estrenó»Scream» (1997) para quienes gustan del terror. Un género masacrado por la industria en la última década al optar por remakes de éxitos asiáticos y las tortuosas carnicerías de franquicias como «El jugo del miedo» y «Hostal». A fines de los 90 la llegada de Ghostface, el villano oculto en una máscara con forma de cráneo, y el reciclaje de las fórmulas para los asesinatos seriales reanimaron el panorama del espanto. Estreno que para el director Wes Craven, «padre» de Freddy Krueger, fue la renovación necesaria tras el desgaste de la saga de «Pesadilla» cuya última versión -en esa época- curiosamente se estrenó en 3D. Así, el inicio de la tragedia en el pueblo de Woodsboro fue un éxito mundial pero también entre la crítica más prestigiosa. De hecho, la prensa francesa -que a Craven y a sus colegas John Carpenter y George Romero los descubrió como autores- fue seducida por este relato de Kevin Williamson, tal como inmortalizó la portada 515 de la revista «Cahiers du cinéma» con la ya clásica escena de la ventana en la pieza de Sidney Prescott.Ese furor, que también inspiró los mejores gags de «Scary movie», se ha teñido con la belleza de la nostalgia, pues ha pasado más de una década de la última secuela y aún se recuerdan con simpatía sus personajes, vueltas de tuerca y la voz telefónica que pregunta por clásicos de terror.

El regreso de Sidney Prescott (Neve Campbell), convertida en una exitosa novelista de autoayuda, a Woodsboro -a diez años de los últimos asesinatos relacionados con ella- provoca una vez más la fatídica aparición de Ghostface. Los cadáveres se amontonan frente a Sidney, misterio que intentan resolver la reportera Gale (Courteney Cox) y el torpe comisario Dewey (David Arquette). Sin embargo, la actual matanza recuerda demasiado a los sucesos originales, lo que genera entre los fanáticos de la película «Stab» (versión fílmica de la masacre en Woodsboro) a creer que el asesino busca cambiar las reglas y transmitir vía streaming sus homicidios.

Si el cuarto episodio puede parecer una exageración oportunista, al menos a favor de Craven se puede argumentar que ha tenido la entereza de no abandonar sus responsabilidades a lo largo de esta saga. Este retorno, que a ratos asemeja una parodia por el torpe desempeño de los habituales secundarios interpretados por Cox y Arquette, recupera esa pasión cinéfila que se enraíza con los orígenes de la serie, particularmente desde «Scream 2». Esta puesta en escena que utiliza al «cine dentro del cine», sirve de plataforma para que Craven ridiculice en voz de sus víctimas a la tendencia de Hollywood por la mutilación anónima propia de «El juego del miedo». O que sugiera, en sintonía a los tiempos que corren, que el próximo paso es la muerte en vivo por la webcam.

A pesar del deterioro de la novedad en la trama, Craven conserva la pericia audiovisual para hacernos saltar del asiento y mantener la intriga sobre el posible culpable. Aspecto fundamental y que brinda eternidad a ojos del espectador a la máscara de Ghosface, pues oculta un rostro diferente cada vez y ahí aparece la vigencia del viejo recurso del whodunit? («¿quién lo hizo?»). Fenómeno argumental en las antípodas de lo que sucede con villanos como Freddy Krueger o Michael Myers, ya que de antemano conocemos su identidad, y que facilita, en el caso de «Scream», la producción de innumerables secuelas.


«Scream 4».
EE.UU. Director: Wes Craven. Con Neve Campbell, Courteney Cox, David Arquette, Anna Paquin. 111 minutos. Mayores de 14 años.

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