Mientras los mineros pasan del fondo de la tierra al cielo de la fama, donde respiran un impuro polvo de estrellas, y despachado el «asunto Bielsa» con menos rebeldía ciudadana de la esperada (el compatriota medio es agachadito de moño), el país chileno y televisivo vuelve a los normales cauces de su anormalidad habitual.
En efecto, un parlamentario bajito mete la breve pata al contestarle no sé qué a la ministra Ena, al tiempo que, en otro ámbito, un alto funcionario eclesiástico pide perdón para los miembros -de su iglesia, se entiende- indebidamente alzados contra la buena fe de elementos juveniles de tal o cual parroquia, en fin.
Hay utópicos, me consta, que abogan por la «lentitud» para elevar nuestra calidad de vida. Pero vi en pantalla que, con igual propósito, técnicos en la materia enseñaban a viajar más rápido en el metro. Eso creí entender, pues se me escaparon los detalles: o hablaban a cien palabras por segundo, o mi mañoso zapping impidió que asimilara el concepto.
¿Será que el metro, mediante ingenierías de última generación, se desplaza ahora con mayor rapidez? Constatación empírica, me dije, y a la mañana siguiente corrí escaleras abajo hacia un vagón que cerraba sus puertas. Dentro, alargué la cabeza en pose aerodinámica, mas no advertí diferencias. Tal vez se referían a alguna forma de ingeniería social, una más pujante actitud de los usuarios. Yo sentía una fuerte presión social en las costillas, por la empujante aglomeración. Asardinado en el calor humano, oí sin querer el diálogo de dos seminaristas pasajeros. Celebraban la actual gestión gubernamental, poniendo énfasis en el concepto de la «innovación».
Discutían, también, sobre los desvaríos carnales -ya mencionados- en que vienen incurriendo meticulosos presbíteros, monjes y afines de todo el orbe. «Si nos dejaran casarnos…», suspiró el más joven. «¡El celibato no se toca!», lo paró el otro, evidente cerebro del dúo. Y, con un brillo sincero en los ojos, propuso una solución de veras innovadora: el «onanismo profiláctico no vinculante». ¡Santos demonios! ¿Habían oído bien mis no bautizados tímpanos? El tecnicismo era intrigante.
Y era, sin duda, un ejemplo de verdadera ingeniería social. Antes de ceder a tentaciones de a dos contra natura, contra la ley o contra las sagradas escrituras, señalaba el pragmático y tradicionalista muchacho, y antes de perjudicar en cuerpo y alma a hermanos de mente o edad demasiado tierna, deberían tener los ensotanados licencia papal para turbarse de propia mano, apagando así, periódicamente y de modo natural, toda libido malefactora. «Y no sólo licencia», clamó el audaz clericando, «sino la inexcusable obligación de hacerlo al menos dos veces cada día, a horas prescritas. Habría miles de pecadillos diarios, pero serían de concupiscencia menor, y siempre individual», recalcó, «subsanables en un dos por tres con la confesión. Algo muy preferible al pecado gravísimo de perturbar el buen desarrollo psicológico de terceros».
Este tipo es un genio, me dije, claro que, ay, me lo van a excomulgar. «¡Despierta y apaga esa tele!», bramó alguien desde el dormitorio. Abrí los ojos a la luz. Pero la idea no estaba mal.
Chile vuelve a los normales cauces de su anormalidad habitual: un parlamentario mete la pata al contestarle no sé qué a la ministra Ena, al tiempo que un funcionario eclesiástico pide perdón para los miembros -de su iglesia, se entiende- indebidamente alzados contra la buena fe de elementos juveniles.


