Definitivamente Haití se ha convertido en el infierno. Todo partió con un caos político y social sin paralelos, junto a la ausencia definitiva de cualquier atisbo de gobernabilidad imaginable, situación que propició la rara suerte de «invasión humanitaria», de la cual los chilenos somos parte como «indemnización» a Estados Unidos por habernos bajado a la hora de mandar efectivos regulares a Irak. Luego vino allí aquel terremoto sobrenatural que no dejó piedra sobre piedra, ni calavera sobre calavera. Pero algo faltaba todavía y ya ha llegado: se trata, naturalmente, de la peste. Una epidemia de cólera que está diezmando a la población haitiana de manera voraz.
Es importante detenernos en este asunto del cólera, que curiosamente aparece siempre coronando grandes catástrofes como guerras, terremotos, inundaciones o crisis económicas graves. Lo interesante es que, contra lo que muchos creen y afirman, las condiciones sanitarias infames en que vive la población no son el factor primordial para el desarrollo de esta temible pandemia. El elemento clave para su proliferación es, aunque suene extraño, el pánico.
En 1885, en Berlín, y para espanto del doctor Koch y de una nutrida audiencia de sabios y estudiantes, Max von Pettenkofer dijo «¡salud!» y se tragó a lo cowboy un vaso con caldo de cultivo que Koch, el descubridor del temible vibrio cholerae , causante del cólera, había llevado a esa reunión. El «suicida» bebedor del fatal menjunje no contrajo la enfermedad, ya que la bacteria es ultrasensible al ácido clorhídrico, que abunda en el estómago de personas sanas que no sufren de estados de pánico. Aparte de servir al proceso de la digestión, el ácido clorhídrico es un «desinfectante» altamente eficaz. Y ocurre que el pánico, entre otras deliciosas secuelas, suprime severamente la secreción de este ácido en el estómago. Esto explica el porqué de su pronta aparición durante las grandes hecatombes.
Sucede, pues, que la población de Haití no se está muriendo de cólera, sino de pavor. Hay un nítido ejemplo algo más cerca de nosotros. A principios de 1991 la población peruana fue presa del pavor, a causa del drástico reajuste económico decretado por el gobierno. Y, por primera vez en la historia del Perú, apareció el cólera, detectándose los primeros brotes en febrero del 91, llegando a un total estimado de 380.000 casos en un solo año. Queda claro que, para detener la epidemia, hay que ir un paso atrás y eliminar el estado que la hace posible y que deja a las personas a merced del vibrión. ¿Cómo hacerlo en Haití, país sumido en las tinieblas, verdadero cementerio de muertos vivientes? En medio del desamparo total las vacunas no sirven de mucho y serán millones los que padecerán severos cuadros de cólera antes de recibir un antídoto, si no se enciende en algún lugar una luz de esperanza. Una llama de fe que haga retroceder, en la primera república negra, el monstruoso demonio del pavor.
Contra lo que muchos creen, las condiciones sanitarias infames de Haití no son el factor primordial para el desarrollo del cólera. El elemento clave para su proliferación es, aunque suene extraño, el pánico.


