Ex fiscal Roberto Rabi aborda la tragedia del Monumental desde la investigación y la lucha contra el crimen organizado
Con más de veinte años de experiencia en el Ministerio Público, sostiene que hay organizaciones criminales que utilizan a las barras como mano de obra.
El ex fiscal Roberto Rabi (1974), con más de veinte años de experiencia en el Ministerio Público, a lo largo de su carrera se encontró con diversas investigaciones en las que se cruzaban de una u otra forma la violencia de las barras y el crimen organizado. Hoy, como abogado y profesor de derecho penal, tiene una mirada crítica de cómo se aborda integralmente el fenómeno y a partir de ahí elabora un análisis más concreto sobre el contexto y las consecuencias de la tragedia del pasado jueves en el estadio Monumental, donde dos hinchas, de 12 y 18 años, perdieron la vida en medio de los desórdenes previos al partido de Colo Colo con Fortaleza de Brasil por la Copa Libertadores. Rabi además ha estudiado el fútbol desde cerca, como escritor e investigador de la Asociación de Investigadores del Fútbol Chileno, Asifuch.
¿Cómo podría resolverse este problema de los llamados a avalanchas y reventones, si los que los hacen a veces ni participan de ellos y eventualmente involucran a menores de edad, Roberto?
«Es un problema muy difícil de abordar. En general desde la perspectiva del control de multitudes, el tratamiento del entorno espacial de los recintos que convocarán multitudes es central. Por lo mismo parecen bastante recomendables los anillos de seguridad. Mejor si son varios. Requieren, eso sí, una implementación cara para ser efectivos y, de no aplicarse de manera adecuada, lo único que se conseguirá es que la avalancha se produzca no en el acceso principal sino en alguno de los anillos periféricos».
¿Las barras bravas son más violentas hoy o el tipo de violencia ha mutado y, por lo mismo, quizás es más difícil controlarlas?
«Hoy nuestra sociedad en general es más violenta, muchos de los rasgos del crimen foráneo, que no eran comunes quince o veinte años atrás, comenzaron a asentarse permanentemente en nuestras ciudades, tiñendo nuestra delincuencia de una frialdad en el empleo de las armas de fuego que no era habitual con anterioridad; de un inusitado interés por prestar servicios esporádicos y rentados, como sicariato, a los delincuentes avezados. Además, asociado a los mismos fenómenos, las organizaciones criminales dedicadas al tráfico de drogas, de armas y de personas, han difundido su actividad requiriendo mano de obra para ello, y muchos de esos personajes participan también en las barras«.
Entonces estas organizaciones criminales encuentran mano de obra en las barras.
«Sin duda, los jóvenes pobres que buscan pertenecer a grupos trascendentes no encuentran en la escuela o el club de barrio la radicalidad que buscan. En las barras sí, lo mismo que en organizaciones criminales que tienen el atractivo de lo rupturista y antisistémico. Buscan estatus y el narco se los entrega, a cambio de exponer su integridad, su libertad y a veces incluso su vida».
Se ha hablado mucho de la relación de las barras bravas con los políticos en los años 90, como parte del problema. ¿Realmente son las mismas barras bravas de ese diagnóstico?
«Las barras bravas siempre han tenido una organización difusa con líderes carismáticos protegidos por varios de sus miembros. La cuota de poder que consiguen la ejercen intentando permear la institucionalidad formal. Así han llegado a generar conexiones con el poder político, porque las más grandes son realmente muy masivas y el apoyo electoral que pueden proporcionar es una constante tentación para los políticos profesionales. Ese fenómeno es intrínseco a toda organización de masas. Pero no cabe duda de que las barras bravas son distintas en la forma y en el fondo. Así es habitual constatar la presencia de barristas de la Vieja Escuela y otros más jóvenes muy influenciados por nuestro actual entorno social. Hoy las barras están mucho más desprestigiadas que en los noventa y para los políticos resulta mucho más atractivo sacar provecho electoral de atacarlas y luchar contra ellas. El problema se da cuando se las ataca en público, pero negocian e interactúan con sus líderes en privado».
Las barras dicen ser representativas del pueblo, lo cual, según ellas, justificaría acciones como parar un partido de fútbol porque dos hinchas mueren en un procedimiento policial (no aclarado aún). ¿Qué hay detrás de esa afirmación?
«El desprestigio total de las instituciones y la legitimación de la anomia, del desapego y falta de respeto por las normas, incluso las más básicas, de convivencia social. Eso es parte de nuestra crisis actual».
En su columna en Interferencia usted dice: «Se necesita investigación criminal profunda, persecución penal estratégica y una red de contención social para prevenir la captación de jóvenes por redes delictivas que usan el fútbol como fachada». ¿A qué se refiere con lo último?
«Supone invertir en alternativas que sean atractivas para captar el interés de los jóvenes en términos tales que les resulte atractivo emplear su tiempo libre en actividades legítimas y de manera legítima. El fútbol es una de ellas: hay que trabajar para que a los jóvenes no les sea atractivo pertenecer a un grupo de vivos que son parte de las barras.
Algunas, no todas. Lo complejo del fenómeno de las barras es que muchos desarrollan actividades sociales beneficiosas e interesantes. Son algunos barristas, ciertos piños y actos específicos. Eso es clave».


