En días seguidos se conoció un par programas en que las alas del canto exhibieron su capacidad para desplegarse y volar alto sobre intérpretes y repertorios muy distantes, sellando ese inmenso poder de plasmar emociones que pareciera ser exclusivo de la música.
Uno fue de contenido profano; el otro, religioso. Uno fue con solista; el otro con coro masculino. Uno fue con acompañamiento de piano; el otro absolutamente a capella. Las diferencias fueron diametrales.
En el ciclo de conciertos de Viña Santa Rita se repitió la presentación que Ismael Correa ya había ofrecido en la temporada de Lo Matta Cultural. Este joven barítono (muy joven) de ascendente carrera estibó muy bien la carga musical, tanto por lo novedosa como por incluir en lo medular e inicial el ciclo de doce canciones «Flores argentinas» de Carlos Guastavino (1912-2000). Al tener textos en español, estas piezas permitieron una completa percepción de los variados ánimos líricos, nostálgicos o descriptivos de cada una, recibiendo del cantante las más certeras proyecciones de expresividad y refinamiento, según fuera del caso. El acompañamiento en piano de Marco Antonio Cuevas fue ejemplar, pudiendo éste lucirse en solitario en un trío de piezas de De Falla.
Las «Tres canciones de Quijote a Dulcinea» de Maurice Ravel (en francés) y luego las dos arias de personajes distintos de la ópera «Don Giovanni» de W. A. Mozart (en italiano) develaron el inmenso talento de Correa, cuyas alas de su canto están comenzando a encumbrarlo a una posición que ya da mucho que hablar.
En la Iglesia de la Divina Providencia se vivió un inédito momento de muy especial impacto, difícil de resumir en palabras, que sólo el alma puede retener con mucha fuerza. El conjunto vocal Faros Cantaduri (18) de Croacia brindó una impresionante actuación, de ésas que nuestro medio no conocía y tal vez nunca más verá. En ella se entrelazaron los límites de un concierto coral tradicional con los de un oficio sacro con cánticos provenientes de una muy antigua devoción popular de una isla croata. Portada en una perfecta polifonía de recias y honestas voces donde la rusticidad vence cualquier afán académico, la serie entonada fue la más pura muestra de que el canto, provenga de donde provenga, puede extender alas provocando un efecto sobrecogedor en las audiencias, como el que aquí se logró en plenitud. Más todavía, con los toques procesionales que se agregaron. Bendita música.


