Hermana Rosa Elena describe violento asalto en su residencia del barrio Yungay
Dos hombres treparon un árbol a las siete dela mañana para entrar a robar al convento.
«Ha cambiado mucho. Es decir, antes era tranquilo. Usted podía venir a las diez de la noche tranquilamente y caminar con su cartera por la calle Esperanza hasta llegar a Agustinas. Ahora está descuidado, Yungay está desatendido. Pienso que a la gente antigua, a los políticos más viejos, les importaban más estos barrios, eran de otra forma», reflexiona la hermana Rosa Elena, quien el sábado último, a las siete de la mañana, tuvo que convencer a dos delincuentes que treparon a la congregación para que robaran todo menos los notebooks de sus alumnos que están de vacaciones.
¿Es inseguro salir al parque?
«Muy inseguro porque ya no sabes si estarás a salvo en la noche. Antes éste era un barrio familiar e industrial. Todo muy tranquilo, daba gusto caminar por las calles. Ahora a las cinco de la tarde tenemos que despachar a las visitas. Nosotras antes teníamos reuniones de apoderados a las siete de la tarde, pero comenzamos a cambiarlas a las cinco porque después de esa hora es peligroso».
¿Mucha carpa en los parques?
«Muchas, con la municipalidad logramos quitar a los que estaban al frente, pero solo se corrieron unos metros. Las calles están sucias y vemos a muchas personas en situación de drogadicción y alcoholismo que después asaltan».
Convento blindado
A Rosa Elena todos los días alguien le dice que invierta en seguridad. «Lo único que falta es transformar el lugar en una cúpula cerrada por rejas, donde nadie pueda ingresar», dice mientras muestra los cercos eléctricos en los muros de tres metros que separan la calle del convento y del colegio. «Nada sirve cuando el problema es la indolencia», piensa.
Fue a las siete de la mañana que dos delincuentes subieron a un árbol de la calle para romper una de las ventanas del convento y entrar a robarle a las hermanas de la congregación. A la primera que pillaron fue a Rosa Elena, quien estaba en su oficina.
¿Y las otras religiosas?
«Una se escondió en el baño a llamar a Carabineros y no salió de allí hasta que logré liberarme de las amarras que me pusieron en los pies y en las manos. Tuve que saltar de una sala al jardín para que se movieran las cuerdas».
¿Solo se enfrentaron con usted?
«Solo conmigo. Lo irónico de todo es que me amenazaron con los cuchillos de la cocina que eran nuestros. Ellos solo querían dinero, pero no teníamos. Pienso que era para drogas, por la manera de delinquir y la hora».
¿Les dijo algo?
«Le dije que no estaba dispuesta a perder ni mi vida ni lo que había invertido en los alumnos. Que sabía que querían dinero, pero que debían esperarme para que fuera a buscarlo a otra sala. Me llevaron para allá con el cuchillo en la espalda, les pasé el dinero, me robaron el iPad con unos proyectos de restauración, yo soy magíster en Conservación y Patrimonio. Luego volvimos y uno me lanzó hacia la pared».
¿Cómo que la lanzó a la pared?
«En ese momento tuve mucho miedo, así que saqué un spray con alcohol que tenía en un bolsillo del delantal y se lo rocié en la cara. El que me tiró a la pared me dijo que para qué le hacía daño. Yo le respondí que si acaso él creía que el daño que él hacía era menor que un poco de alcohol. Le dije que si me volvía a tocar yo iba a seguir tirándole alcohol en la cara y que cumpliera su palabra de robar solo el dinero y se fuera. Después me amarraron y huyeron».
Indolentes, como dice usted.
«Esa indolencia que tienen pienso que se originó debido a que no ven respuesta a los actos que hacen. Entonces, como ellos libremente hacen cosas malas, y no tienen sentencias o castigos, por decirlo así, creen que pueden seguir delinquiendo tranquilos».
Mi vecino el Presidente
Una cuadra al norte de la congregación vive el Presidente de la República, Gabriel Boric Font. Pese a que solo un parque separa la casa del mandatario de la de la religiosa, a Rosa Elena le cuesta bastante considerarlo un vecino comprometido con el barrio.
¿Pensó que iba a cambiar la vida barrial con el Presidente?
«Lo que pasa es que el presidente no vive acá, no vive en el diario vivir, no convive con el resto. Es decir, él vive en su casa con seguridad y todo, pero en realidad no sale de ese lugar. Él va a la disquería famosa o a la barbería francesa. Es como cuando uno va a la casa de veraneo, duerme y después vuelve, ¿se fija o no?».
Bahamonde


