No son dioses, sólo son rápidos y furiosos
Si lo tribal fuera menos simbólico, y más concreto, Saldivia y Falcón habrían salido del campo de juego con un par de cabellerasen la bolsa o con alguna dentadura enemigaconvertida en collar.
Eso no significa, por supuesto, que haya un solo tipo de uruguayidad en el universo. Menos en el fútbol, tan prolífico en uruguayos ganadores desde los tiempos del gran Obdulio Varela. Alan Saldivia, de hecho, tiene uno que se ubica a su lado en los partidos de Colo Colo, el exuberante Maximiliano Falcón, que es todo chasca, amor propio, desorden, meter la gamba y empujar hacia delante. El Mudito Saldivia y Peluca Falcón: ganarles un duelo es como sacarse la lotería, aunque ni tanto porque cuando uno de ellos pasa corbata en la marca, habitualmente por desborde de ímpetu, detrasito viene el otro a cortar por lo sano y alejar el peligro con el entusiasmo de un salvavidas en su primer día de trabajo.
Una antigua teoría sobre las duplas de zagueros centrales exige todavía que sean bien distintos, opuestos de preferencia: que uno, buen observador, se dedique a cubrir espaldas y predecir la siguiente jugada como si fuera un adivino, siempre atento a las catástrofes inminentes, y que el otro vaya a todas a partirse el alma y a partirles el corazón o la canilla a los delanteros contrarios. Saldivia y Falcón, en realidad, representan esa diferencia de la boca hacia afuera, en cosas obvias como el pelo y los gestos, pero cuando se trata de recuperar un balón son casi iguales. Duelistas por excelencia, entran a la cancha con casco y chaleco antibalas. En la batalla doble contra Godoy Cruz, el equipo argentino del momento que libró intensa pelea cuerpo a cuerpo en Mendoza y Santiago, los charrúas de Colo Colo no dejaron títere con cabeza. Si lo tribal fuera menos simbólico, y más concreto, Saldivia y Falcón habrían salido del campo de juego con un par de cabelleras en la bolsa o con alguna dentadura enemiga convertida en collar.
A pesar de las contraindicaciones, Saldivia y Falcón no sólo empezaron a jugar juntos con regularidad. Ahora también se complementan. Al principio, fallaban un poco más, porque podía bloqueárseles el GPS en su amor por recuperar el balón en situaciones desesperadas, pero de a poco han ido aprendiendo a coordinar los impulsos. El clásico voy, tuya o mía. En eso hay mérito de Saldivia, quien acaso por ser el más piola se dio cuenta de que su compadre Peluca Falcón no va a cambiar nunca en los modos.
Todavía hay mucho camino por recorrer. Sólo se trata de un equipo mendocino que les tenía el estómago revuelto a los adversarios en el fútbol de su país y que ahora se estrelló contra el muro de los uruguayos colocolinos, que por añadidura contaron a su espalda con un seguro de vida como Brayan Cortés en el arco. Así da gusto: romper avances hasta quedar medio muerto con la certeza de que más atrás aún hay un arquero ganapartidos. Como sea, sólo es un pequeño logro en la historia de ambos, apenas un partido cuyos aplausos hay que renovar en el siguiente desafío. No son dioses, sólo son dos seres humanos rápidos y furiosos jugando al fútbol.


