La verdad es que no somos lo que queremos ser, aunque sí podemos querer ser lo que ya somos.
«Todos podemos ser lo que queramos ser». Mariposa, basquetbolista, mago, chino o irlandés.
Lo primero que los profetas y gurúes nos enseñan es ese milenario secreto que sin embargo, la mayor parte de las veces es una simple ilusión. Si salto del décimo piso, por más que despliegue mis alas, no voy a volar.
Porque la verdad es que no somos lo que queremos ser, aunque sí podemos querer ser lo que ya somos. En ese trabajo se concentran los coach, maestros y mesías que realmente consiguen algo.
Mentirosos o verdaderos, muchos de estos gurúes se afirman en esa especie de obligación que muchos nos quieren imponer de tener que ser enfáticos. No importa sobre qué. Lo que importa, y por eso nos quieren evaluar, es ser -o representar- un extremo, algo sin matices, inquebrantable. Algo por lo que pelear. Los grises que adornan la vida son para los débiles, nos quieren hacer creer.
Y así, el miedo o el pudor muchas terminan quitándonos la sensatez e imponiendo un grueso velo que nos impide emprender la encantadora e inconfesable aventura de ser.


