El sueño de descansar se ve truncado desde el primer momento en esos lugares llenos detanta arena como insensatez.
La primera mentira de todo viaje a la playa es la misma y esencial mentira de cualquier viaje: uno va a descansar.
La verdad es que apenas se consigue un tipo diferente de cansancio.
Frente al mar, se evita el ruido de la cuidad, es cierto, pero para conseguir el de los parlantes. Se evita el humo de los tubos de escape, pero se cambia por el de los choripanes. Se evita la violencia de la esquina, pero en lugar de ella se recibe la de las pelotas de voleibol.
Todo eso sin chaqueta, sin camisa, sin horarios, sin más restricciones que no sea el sentido común, que es lo primero que el viento del mar se lleva consigo.
Esa manera de habitar la arena como un campo minado en que todos los perros, los gatos, los tigres y los cocodrilos andan sueltos, se ha ido acentuado mientras el trópico va bajando hasta la Antártica.
En lugares donde el mar es utilizable, tales desmanes pueden ser soportables. Por último, cuando el aroma de las papas asadas y el lamento reguetonero ya no es aguantable, puedes nadar hacia alguna isla desierta, o una playa abandonada de cocoteros vírgenes y no volver nunca más.
Pero en nuestro país, donde el océano es meramente decorativo, esta idea de que la playa es una cancha y un aeropuerto y una discoteca, todo al mismo tiempo, se hace intolerable.
En ese sentido, y en muchos más, el salvavidas de Los Molles recuerda que ahogarse entre las olas es un peligro menos frecuente que querer hundirse en la arena, perder el sentido de la vista, el olfato y el gusto con tal de aguantar por unos días más a los semejantes.
La escasez de la ropa no perdona la escasez de razón, la falta de la piedad o la ausencia de gusto.
Por desgracia pareciera que la mayoría se dispone en la playa a abandonar lo más esencial que tenemos como sujetos de una sociedad: el simple trabajo de ser soportables.


