Los pesimistas no olvidamos nunca que la muerte existe. Los optimistas piensan que quizás a ellos la muerte los olvide, que ellos puede que no mueran. No piensan que son eternos, pero piensan que mientras están vivos no están muertos y tienen, por tanto, que vivir hasta las últimas consecuencias.
Sebastián Piñera era rabiosamente optimista. Rabiosamente porque ese optimismo era también una suerte de lucha contra una infancia y adolescencia que imagino no siempre fue feliz, o al menos no fue cómoda ni común.
Piñera fue extranjero y extraño en muchas partes. Quizás por eso jugaba a saberse siempre al minuto todas las reglas de todos los juegos. Tenía, eso sí, el inconveniente de contarte mientras ejercía cualquier deporte competitivo cómo te iba ganando, cómo marcaría el punto definitivo, cómo estaba remontando el partido. Eso desconcentraba a cualquier rival, al punto que prefería abandonar el juego y dejarlo ganar: estrategia implacable que lo dejaba muchas veces sin partner.
Ganar era muy importante para el expresidente, pero lo era aún más seguir jugando. Perder no le resultaba especialmente doloroso si la derrota no implicaba el fin de la partida. Sin ser en nada vengativo, vivía para la revancha. Supongo que no llevaría este instinto de juego al punto de presentarse por tercera vez como candidato a Presidente, pero descartarlo del todo le resultaba imposible. Era como decir que se acababa el juego.
Algo en él siempre quería seguir en cualquier cancha, o al margen de esa cancha, algo siempre lo llevaba a desafiar y sentirse desafiado por cualquier llamado que lo sacara de una tranquilidad, de una paz que era para él un sucedáneo de la muerte.
No quería que terminara el juego y lo llevaba entonces un poco más allá siempre; al filo de las reglas demasiadas veces también, todo hay que decirlo. Muchos de los peligros no los veía; otros los veía, pero los leía como oportunidades.
Le era difícil ver cuando iba demasiado lejos, cuando era mejor retirarse, parar, dejarles a otros el lugar. Iba muy rápido y, cuando se detenía, su cuerpo se revelaba contra su propio cuerpo, como lo hacían también sus palabras creando las famosas Piñericosas, errores que lo ayudaron sin embargo a ser querido por un pueblo, el chileno, que se le parecía muy poco. Porque su falta de temor el ridículo resultaba para los chilenos una forma de impudor imperdonable. Y su eterno gallito con los elementos, una suerte de fanfarronada.
Pero no era eso del todo.
Eran unas ganas locas de ser y parecer, y sobre todo, quizás un miedo a desaparecer en el silencio y la penumbra. Un miedo que compartimos todos, pero que él confesaba a través de la acción incesante, útil, necesaria, inútil, excesiva, torpe, sabia. Muchas contradicciones al mismo tiempo que su muerte, tan inesperada pero tan propia de su carácter, resucitan en quienes de lejos o de cerca lo conocíamos, o creíamos conocerlo.


