Los funerales del presidente Montt fueron masivos y lúgubres. Al borde del sepulcro el vicepresidente Elías Fernández Albano pronunció el discurso de rigor.
En 1906, Pedro Montt fue elevado a la presidencia en medio de grandes esperanzas. Su honestidad a toda prueba y su falta de chispa, interpretada como rasgo de carácter incorruptible, hicieron de él la enseña que salvaría al país del caos político. Sin embargo, entre el día de su elección y la toma del poder, Valparaíso fue sacudido por el peor terremoto de su historia. A las catástrofes telúricas les siguieron otras. La alianza de partidos que lo llevó al poder se mostró tan díscola y mañosa como las anteriores. La inflación devoró el presupuesto de los más humildes. Pero el suceso que vendría a derrumbar su taciturna personalidad fue la masacre de la escuela Santa María de Iquique.
Montt encajó estas desgracias en el cuerpo. Sufrió un desprendimiento de retina y comenzó a mostrar síntomas de arritmia y arteriosclerosis. Los médicos recomendaron descanso y dieta sana. No hizo caso. Mantuvo una rutina de trabajo que comenzaba a las seis de la mañana y terminaba tarde en la noche. Así se encaminó hacia las fiestas del Centenario de la República. El 21 de mayo pronunció su última cuenta pública. Estando en medio del discurso y ante la mirada atónita del Congreso Pleno, estalló en una crisis de llanto. El país se preparaba para celebrar el Centenario y el anfitrión no podía ser más sombrío. En demanda de auxilio médico viajó a Alemania. Apenas desembarcado en Bremen, falleció de un infarto en su habitación de hotel. Los funerales del presidente Montt fueron masivos y lúgubres. Al borde del sepulcro el vicepresidente Elías Fernández Albano pronunció el discurso de rigor. La fama de yeta que rodeó a Pedro Montt parecía disolverse bajo un cielo que lloraba a mares. Grandísimo error. Esa misma tarde el vicepresidente, traspasado por la helada, cayó enfermo y murió diez días después.


