El poderoso es eso: un servidor que no puede volar solo sin ponerse a la altura de su gente.
La muerte es siempre un misterio. O es un misterio la vida. Lo es siempre más la existencia de hombre que amaba ese modo salvaje de vivir. Alguien que devoraba los minutos como tantas apuestas podía tomar y parecía siempre sorprendido de respirar. Alguien que de tantas maneras no quería ser inolvidable y que lo será quizás no por ser más rico o más inteligente que muchos, sino por haberse puesto a la altura y al servicio de muchos, de tantos.
Sobre todo lo que vemos en ese día es el vínculo que la democracia logra entre sus servidores y sus mandatarios. El poderoso es eso: un servidor que no puede volar solo sin ponerse a la altura de su gente. Esto en alguien tan distinto a la media, para bien o para mal, como Piñera, brilla el doble y hasta el triple. Porque Piñera, que quizás fue atípico, el menos chileno de nuestros presidentes, se ha hecho en estos días parte de la memoria de Chile, parte de su leyenda, parte de su sombra.
Canonizar a quien no quiere ir al cielo es inútil. Lo cierto es que al hacerse presidente Piñera hizo un pacto con la tierra, su tierra. Le sobró un gobierno, creo yo, y no vio una sed de justicia que estalló en sus manos, pero no se escondió. No se rindió. Siguió intentando. Todo eso es más que lo que podemos decir de la mayoría. Descansa en paz, Sebastián.


