La controversia escaló desde la prensa hastala justicia y Onofroff se fue preso por estafa.
En el invierno de 1913 Santiago se estremeció con la visita de El Gran Onofroff. Era este un célebre hipnotizador de grandes bigotes y «mirada voltaica» que realizaba espectáculos en los que hacía cometer toda clase de ridiculeces a los infortunados que caían bajo su influjo. Su éxito de público y crítica fue arrollador, sin embargo, «El Diario Ilustrado» lo atacó sin misericordia acusándolo de estafador y reveló públicamente los trucos del oficio. Otros periódicos lo defendieron argumentando que la siquis era capaz de proezas inexplicables y que, en último término, era una simple diversión.
La controversia escaló desde la prensa hasta la justicia y Onofroff se fue preso por estafa. «El Diario Ilustrado» reveló que contrataba a sujetos del público para hipnotizarlos, pero como no se pudo probar la connivencia entre ellos, finalmente salió libre. Onofroff, mortificado por estos ataques, quiso limpiar su honra y para ello lanzó un desafío. Iría a cualquier periódico y probaría sus habilidades. «El Mercurio», por el contrario, aceptó el reto y Onofroff concurrió a sus oficinas. Allí hipnotizó a un redactor y lo hizo bailar cueca; descubrió objetos y personajes ocultos en el edificio y predijo la conducta de un repartidor al que también hipnotizó.
La derrota de «El Diario Ilustrado» fue completa, pues se supo además que un directivo de ese diario se había reunido con el jefe de la policía para celebrar el apresamiento del síquico. Enredado por estas acusaciones y en franca minoría ante la opinión pública, el periódico invitó a Onofroff a su redacción. El hipnotizador se negó olímpicamente y en su lugar se presentó ante 500 médicos y estudiantes de medicina en el teatro de la Casa de Orates. Allí hipnotizó a destajo y acabó ovacionado por la comunidad siquiátrica chilena, la que firmó un acta de la sesión como prueba científica de sus poderes.


