«Muchas veces hemos enfrentado la posibilidad de ver morir a alguna de nuestras hijas»

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Lucas Bovaglio, el DT de Palestino, y su personal carga emocional por estar alejado de su familia

El adiestrador argentino tiene tres hijas. La menor de ellas sufre de parálisis cerebral, se traslada en silla de ruedas y su señora ha debido asumir su cuidado. Me gustaría estar con mi familia, pero no puedo dejar de ser el sustento económico, señala.

Lucas Bovaglio (46) viene llegando de Córdoba con las pilas puestas para enfrentar la segunda parte de la temporada 2025 dirigiendo al sorprendente Palestino que está entreverado en el grupo de arriba de la Liga de Primera (tercero, con 28 puntos) y que jugará los playoffs de la Copa Sudamericana (ante Bolívar).
En la ciudad argentina, Bovaglio estuvo una semana junto a su señora Valeria Frutos y sus tres hijas: Pilar (21, que da clases de inglés), Paulina (16, que está en la secundaria) y Pía (11, en primaria).
«Como dicen acá, soy chancletero, jaja, y así me quedé. Mis niñas son hermosas y mi razón de ser…».
Las debe echar de menos.
«Mucho. Primero como futbolista y ahora como entrenador he debido estar lejos de ellas y de mi señora en momentos importantes. ¿Le cuento algo? Cuando Paulina cumplió 15 años organizamos una fiesta de esas grandes en Rafaela, donde vive la mayor parte de nuestra familia. Lo malo es que yo era entrenador de Guaraní, y jugábamos el mismo día. Le tuve que pedir a los dirigentes que cambiaran el partido. Lo consiguieron y luego del encuentro me fui al aeropuerto, volé a Buenos Aires y tomé un taxi rumbo a Rafaela, que son como 600 kilómetros. Llegué a eso de las ocho de la noche a la fiesta. Fue una sorpresa para mi hija y no lo podía creer. Me quedé un rato en la fiesta, agarré de nuevo el taxi hacia Buenos Aires, tomé el primer avión rumbo a Asunción y a las siete de la mañana ya estaba allá en el entrenamiento».
Ufff, un súper papá.
«No, para nada. Somos una familia muy unida, pero en verdad, a mí me pesa sentir que no he sido un buen marido y un buen padre».
 
¿Por qué es tan drástico con usted mismo?
«Porque no ha sido fácil llevar esta lejanía. Hay muchas cosas que han pasado y que en verdad pocas veces las he contado públicamente y que ahora tengo necesidad de contar. Mi señora dice que lo haga, que es parte de mi vida».
 
Cuente lo que quiera contar.
«Mi hija menor, Pía, tiene una parálisis cerebral y sólo se moviliza en silla de ruedas. Ella se comunica muy bien, va al colegio y es una niña alegre y hermosa, pero, por supuesto, requiere de cuidados extremos. Y ha sido mi señora la que se ha debido encargar prácticamente sola de ella y también de Paulina, la del medio, quien también en algún momento la pasó muy mal».
 
¿Qué pasó con ella?
«Mire, en verdad, mis tres hijas fueron prematuras y eso les afectó en diferentes grados. La mayor, Pilar, estuvo en incubadora, pero Paulina nació sin respirar y ahora tiene algunas secuelas motoras. Y Pía, que tiene la parálisis cerebral y epilepsia».
 
No ha sido una vida fácil para ustedes.
«Para nada. Si yo le contara todo lo que nos ha tocado vivir estos años, tendría para que escribiera un libro con esta entrevista. Sólo le resumo diciendo que muchas veces hemos enfrentado la posibilidad de ver morir a alguna de nuestras hijas».
¿En qué circunstancias?
«Por ejemplo con Paulina, estando en Venezuela, cuando yo jugaba en Deportivo Táchira. Ella tuvo una crisis y tuvimos que internarla de urgencia en una clínica privada. No había otra opción. Pero era muy caro mantenerla ahí, yo no ganaba mucho y la única opción parecía ser llevarla a un hospital público donde no había certeza de tener la atención que requería. No era opción volver a Argentina. ¿Sabe cómo pudimos mantenerla en la clínica y salvarla? Mis compañeros de equipo hicieron aportes. Y cuando mi hija se recuperó y yo pude juntar la plata para devolverla, ninguno de mis compañeros quiso recibirla. Eso nunca lo voy a olvidar».
¿Pasó otra crisis igual de extrema?
«Sí, con Pía. Y fue la razón por la cual decidimos radicarnos en Córdoba y no quedarnos en Rafaela. Ahí por supuesto que estaríamos arropados por nuestros familiares, pero no existen los centros hospitalarios ni los colegios que necesita Pía. Es un costo afectivo alto, porque estamos solos, sin redes, en especial para mi señora, que es la que asume el mayor peso de la responsabilidad con nuestras hijas, en especial con Pía. A ella debe bañarla, vestirla, llevarla al colegio. Yo sólo puedo ayudarla cuando voy por un tiempo corto, como esta última semana que tuvimos de receso acá. Pero en ningún caso me igualo a todo lo que mi señora hace».

Si tanto es el peso emocional, ¿no ha pensado dejar de trabajar en el fútbol o, por último, hacerlo sólo en Argentina?
«Es que eso no es tan simple. El fútbol es mi profesión, lo que sé hacer y hoy no podría hacer otra cosa porque soy el sustento económico de mi familia. ¿Trabajar en Argentina? No es fácil. Hay mucha gente capaz en el fútbol y yo, dentro de todo, recién estoy haciendo mi camino como DT. Quiero estar con mi esposa porque la amo, y con mis hijas, que son mi mundo. Pero hoy no puedo. Y claro que lo resiento».

«Me pesa sentir que no he sido un buen marido y un buen padre», Lucas Bovaglio

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