Callas, divina pero mezquina
Al cumplirse en 2023 el centenario del nacimiento de María Callas nuestro medio ha homenajeado a la legendaria soprano ya con tres obras escénicas (dos piezas teatrales y un ballet) que no han mostrado a cabalidad su faceta de súper diva esplendorosa y rutilante, sino a una Callas otoñal, en las últimas, deteriorada en su arte y diciendo adiós.
«Callas, la divina» ha sido lo más reciente, un ballet ofrecido hace pocos días en el Teatro Municipal de Santiago como estreno mundial, con una mirada que visita algo de aquellos momentos de triunfo, pero dentro de un todo dominado por la nostalgia, y el sufriente recuerdo de un pasado mejor.
Concebida por la coreógrafa colombiana-belga Annabelle López especialmente para la compañía del Ballet de Santiago, esta pieza de gran calado y dos actos tiende a ser mezquina y dejar un sabor poco «divino» de la artista, al no detenerse mayormente y de modo más explícito en sus días de gloria, cuando el canto y expresividad de la Callas-deidad encandilaban a los públicos desde un elevado pedestal de excelencia.
Más teatral que coreográfica, no se desarrolla siguiendo un hilo argumental lineal estricto sino como una serie de episodios, desde unos de logrado simbolismo que cuesta descifrar hasta otros más directos e incluso obvios. Así, en el primer acto no es fácil asimilar el real significado de ese personaje abstracto que es «la Voz», que tanto persigue a la cantante, pero sí se percibe muy bien esa ingeniosa galería de roles-maniquíes. El segundo acto es de mejor agilidad y lectura, pero con un rumbo bastante cliché: un Onassis que no lo parece, un aborto y una Jacqueline Kennedy rayando en lo burdo, vestida del mismo modo (el famoso traje rosado) del día del magnicidio. Queda con ello la impresión de que tras la tragedia la viuda hubiera salido rauda a buscar novio….o no tenía más ropa.
Un sustento muy sólido -acaso el que más- de esta «Callas, la divina» es su componente sonoro, un montaje grabado (imposible de realizar en vivo) que mezcla música orquestal compuesta por Frank Moon con grabaciones, algunas intervenidas, de la célebre soprano. Por ellas transitan arias y también collages vocales tipo salpicón con trozos operísticos más fugaces.
Lo certero que resulta este audio notablemente trabajado, con el canto de la Callas tan presente, abre la pregunta sobre cuánto bajaría el atractivo de la obra y cómo se la abordaría si se redujera o se prescindiera por completo de ese canto. Ciertamente la voz de la célebre soprano es el gran sustento, gigante, que se devora todo.


