El comediante y Mercedes Pineda estuvieron 45 años juntos
Daniel Vilches (93) atraviesa semanas difíciles luego del fallecimiento de su esposa, Mercedes Pineda, con quien compartió más de 45 años de vida. La partida ocurrió a mediados de agosto y, aunque reconoce que el dolor sigue presente, asegura que de a poco ha comenzado a recuperar fuerzas gracias al apoyo de sus cercanos y amigos. Incluso, pese a la pena, hoy piensa en volver a trabajar para enfocarse en algo y también para despedirse de los escenarios.
«Ya se me está arreglando un poco el ánimo», asegura el emblemático comediante destacando que por ahora permanece en Arica, aunque en estos próximos días viajará a la capital para reencontrarse con su familia. «Estando en Santiago las cosas cambian, porque hay mucha lejanía acá, allá me encuentro con mi familia, mi hijo, mi hija, mis nietos, y ya las cosas cambian un poco», destaca.
«Mi hijo me acompañó un par de días, pero se tuvo que ir a Santiago a cuidar a su mamá. Yo tengo muchos buenos amigos aquí. Ellos están casi todo el día conmigo, me llevan a almorzar a sus restaurantes todos los días, me llevan a pasear a Tacna y estamos dos días ahí, tengo varias amistades que me han ayudado a distraerme. Me sacan del hotel temprano», detalla.
Recordando el momento de la partida de su compañera, Vilches relata con asombro cómo una frase que su esposa le dijo alguna vez terminó cumpliéndose de manera inesperada. «Un día me dijo: El día que a mí me pase algo, yo quiero morir en Arica. Y dicho y hecho», afirma con emoción, agregando que se deshizo de todas las pertenencias de su compañera: «Regalé todas las cosas de ella, porque los recuerdos matan. Todas las cosas se las llevó su hija, yo me quedé con los puros recuerdos, nada más. Estoy tranquilo, porque ella vino a morir donde le correspondía. Al lado de su familia, sus hijos y sus nietos. Y bueno, la vida tiene muchas sorpresas».
¿Ya pasaron los peores días?
«Voy mejorando de a poco. Hoy vengo del médico, porque tenía la presión disparada, muy alta, no me la podían bajar. Así que me cambié de médico, de una clínica me fui a otra. Con todo lo que me pasó tenía la presión bastante alta, pero se me fue bajando de a poco. Mis amigos me van a pasar a buscar para ir a almorzar al Club de Yates y nos vamos a tomar un pisco sour como despedida de Arica. También me he estado desvelando muy seguido, dos veces en la noche, pero leo y me quedo dormido. Despierto a las cinco y media de la mañana, vuelvo a leer y duermo. Después despierto a las siete. Así lo he pasado, pero yo creo que ya estoy más tranquilo».
¿Cómo recuerda sus últimos momentos con su esposa?
«En dos días se fue, dos días. Fue tan repentino que todos estábamos sorprendidos. Habíamos ido recién a Tacna, veníamos todos muy contentos, felices con las amistades, y en dos días chao. No se podía creer. La sorpresa es la que te mata».
¿Cómo era ella?
«Era una mujer muy alegre, contenta, le gustaba cantar. Cantaba con sus amistades, le gustaban mucho los valses peruanos. Ella tenía alma chilena con peruana. Llegábamos acá, íbamos a Tacna, a un hotel muy bueno, y había un conjunto folclórico, le gustaba observarlos, todo muy bonito».
¿Quiera volver a trabajar?
«Quiero trabajar un año más para despedirme. Trabajar, hacer algo, no quedarme encerrado en la casa. Prefiero hacer cualquier cosita. Quiero renovar las fechas, ver cuándo las hacemos, lo antes posible. Estoy bien de salud, estoy un poco enfermo de la rodilla, de los meniscos, pero ya estoy en tratamiento. Quiero trabajar, no quiero sentirme viejo, no estoy tan viejo todavía. Aún camino bien, la mente la tengo despierta, hablo perfectamente bien».
¿Cómo ha sentido el cariño de la gente?
«Estamos viejos ya, hicimos todo lo que teníamos que hacer en la vida. Los años que pasamos trabajando, lo hemos hecho muy bien hasta aquí. Donde voy la gente me aplaude, me dan el pésame, una lista tremenda de personas. El cariño de la gente es lo que a uno le encanta. Es un valor para seguir viviendo».


