Vivir escondido de las ráfagas de las metralletas es justamente lo único que no deberíamos tener que enseñar nunca.
La operación Deyse nos daba risa de niño porque tenía nombre de niña y también de dibujos animados. Pero obedecíamos sus leyes porque sabíamos que vivíamos entre dos placas terrestre, en un país donde la lluvia se hace fácilmente derrumbe y el sol fácilmente incendio. Nuestra precariedad nos enseñó a prevenirnos porque nuestro país permanecía a medio hacer y a medio deshacer, bajo todo tipo de peligros que eran más o menos naturales. Peligros que los hombres podíamos haber, en algun caso, evitado, pero que eran en general resorte de los dioses.
Las balas, en cambio, son puramente humanas. Las dispara alguien contra otro. Son el producto de rencillas, de tráficos, de peleas a la que no deberíamos tener que acostumbrarnos jamás. Algo de lo que no solo podríamos evitar las consecuencias, sino la misma idea, el mismo nacimiento. Algo que sobre todo no tendríamos que tener que explicarle nunca a un niño.
Agacharse ante la furia de los semejantes, aprender a temer a otros ciudadanos, vivir escondido de las ráfagas de las metralletas es justamente lo único que no deberíamos tener que enseñar nunca. Pero en tantos barrios ya ese miedo es costumbre y en tantos colegios este año otro peligro se sumará a los ya existente. Y un terror a fuegos cruzados y a bandas de nombres variopinto ya serán parte del currículum. Pobre pesadilla, pobre país, pobre futuro.


