Mahler total
El título dado a esta columna es el mismo con que se presentó el último programa de la temporada 2023 de la Orquesta Filarmónica en el Teatro Municipal capitalino. Y no puede ser el más apropiado. Gustav Mahler volvió a despertar máximo interés, ya por tercera vez en doce meses, junto a esa agrupación y bajo la permanente batuta de Paolo Bortolameolli.
Recuérdese que este maestro condujo la Sinfonía N° 2 «Resurrección» en diciembre 2022 y la Sinfonía N° 8 «De los mil» pocas semanas después, ésta en calidad de estreno en Chile, con 650 intérpretes. A tan monumentales obras se sumó ahora la Sinfonía N° 9, igualmente grandiosa, ausente por décadas de nuestro medio.
Con ello Bortolameolli pasó a convertirse en el único director chileno que en muy poco tiempo -casi una década- más ha transitado y con enormes triunfos por todo el complejo legado sinfónico mahleriano, estando pendiente únicamente la Sinfonía N° 6, que dirigirá en 2024. Puede afirmarse con toda propiedad, entonces, que su comunión con Mahler es total y que con él está cerrando un círculo. Esta vez nuevamente estuvo magistral.
Este compositor murió en 1911, siendo su novena sinfonía (estrenada póstumamente en 1912) la última que completó, en tiempos muy difíciles, afectado por la muerte de una de sus hijas y con el diagnóstico de un mal cardíaco que le hizo presagiar una muerte cercana.
Es muy importante percibir esta sinfonía bajo dos miradas. Una a modo de despedida terrenal de Mahler; la otra a modo de bienvenida, porque en términos creativos está en ella el anuncio de nuevos tiempos de discurso musical, adelantando decididos escapes hacia la atonalidad.
La extensa obra de ochenta minutos es un claro adiós, que deja atrás la vida colmada de triunfos, calma, colapsos y alegrías (tan burlonamente expuestas en el segundo movimiento), para decantar en un final sobrecogedor: una suerte de reflexivo himno, con gran protagonismo de los instrumentos de cuerda, deviene en un máximo sosiego y mínima sonoridad orquestal hasta extinguirse en un vacío infinito que el director en sus palabras introductorias pidió valorar y respetar.
Así, el final fue de emoción extrema. Al silencio orquestal siguió el del público que repletaba la sala. Luego de muchos segundos verdaderamente sepulcrales vino la grande y larga ovación surgida de lo más hondo del alma de la conmovida audiencia.
Mahler total; Bortolameolli total. La exitosa conjunción de ambos fue un momento para nunca olvidar.


