Un sistema extraño: con estas fichas se pagaba en las salitreras

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Mucho ha cambiado el comercio en la minería: a 3.000 metros de altura ya hay minimarkets con pago sin cajas

Como en una película de ficción, contratistas de Codelco que circulan por el Barrio Cívico de la Cartera de Proyectos Andina pueden comprar en un minimarket de Aramark sin pasar por ninguna caja ni digitar claves.

¿Cómo? Transbank, que opera el sistema de pagos de Aramark en Saladillo, a unos 3 mil metros de altura, explica que el comprador debe tener asociada una tarjeta de pagos a una app, mostrar el QR de esa app al entrar al comercio y elegir productos mientras un sistema de cámaras comprueba qué artículos fueron sacados de la tienda para ser cargados en su cuenta. Y punto.

«Combinamos la tecnología de detección, reconocimiento visual y una integración de pago seguro», detalla Guillermo González, gerente de la División Comercial de Transbank.

Pago con fichas

Hoy en campamentos y faenas mineras chilenas debutan muchas tecnologías pioneras en facilitarles la vida a trabajadores, incluyendo el comercio.

La cosa era distinta antes. Hace poco más de 100 años, los operarios ligados a la minería del salitre contaban con sistemas menos sofisticados y justos: sus sueldos se pagaban en fichas que sólo podían ser cobradas a un precio inflado en las pulperías, tiendas administradas por la propia compañía para la que trabajaban.

«Esto sucedía en las oficinas salitreras del norte de Chile desde fines de la Guerra del Pacífico hasta la década de 1920. Muchas de ellas tenían fichas distintas, como las que tengo ahora en mi mano», cuenta Pablo Artaza, director del departamento de ciencias históricas de la U. de Chile. «Tenían distintos tamaños, formas y eran hechas de materiales que iban desde el aluminio a la emonita, un derivado del petróleo parecido a las fichas del casino».

«A los mineros se les pagaban adelantos semanales que solían completar el total de su sueldo. Con las fichas podían comprar abarrotes como té o azúcar, adquirir ropa, ir a los garitos o pagar en prostíbulos que estaban en esa misma oficina», describe.

¿Y cómo justificaban esto las salitreras, Pablo?

«Los argumentos de las empresas eran que no había suficientes monedas circulantes y, que si las hubieran tenido, habría sido un riesgo para los trabajadores pues podrían ser asaltados».

«Pero tenían otro motivo», interviene Juan Ignacio Pérez, historiador económico y docente de la U. de Chile.

¿Cuál?

«Amarrar a los mineros a esa oficina e impedirles que se fueran a trabajar a otro lado o a comprarle a alguien más. Esa estrategia ya se veía en las haciendas, donde los inquilinos cobraban en parte en monedas y otra parte en regalías, como alimento que surtía la panadería de la hacienda, o les permitían tener unos cuantos animales».

Pérez añade que se ha comprobado que entre las oficinas circulaban cambistas, tipos que recibían fichas de un lado a cambio de otras, para que los obreros pudieran gastar en otras partes.

«Company town»

El sistema de las pulperías hizo crisis, rememora el historiador Pablo Artaza: «El Estado comenzó a intervenir en este tema, pues argumentaba que limitaba la libertad de comercio. Los empresarios decían que las tierras mineras eran de su propiedad, por lo que las leyes no eran aplicables. Pero por otro lado se desarrolla una gran agitación que se comienza a sistematizar y las empresas comienzan a buscar bajar la conflictividad».

Así es como hacia 1930 el sistema de fichas -tal como la industria del salitre- estaba casi bajo tierra.

Su colega Juan Ignacio Pérez añade que por esa época ya se desplegaba en Chile una nueva cultura en las empresas del cobre, traída de Estados Unidos y que se conocía como «company town».

«Eran pueblos mineros como Sewell o Chuquicamata, donde se levantaba un pueblo en que la empresa ponía todo, desde las casas, al agua o la luz. A cambio de las regalías, exigían sumisión, se metían en las vidas de sus trabajadores. En Sewell en un tiempo se vivió bajo ley seca y ahí apareció la figura del huachuchero, el contrabandista que llevaba el alcohol en bolsillos interiores de la chaqueta».

¿Tenían pulperías, Juan Ignacio?

«Contaban con comercios donde se podía ir por productos avaluados a un precio fijo acordado con los trabajadores. Pero esos productos solían ser de no muy buena calidad para que la gente tuviera que surtirse a las ciudades».

 

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