La llamada «era de los drones» comenzó. Estos pequeños artefactos voladores propulsados por motor eléctrico, operados mediante control remoto, se han vuelto cada vez más frecuentes en los trabajos de campo. Tras una primera etapa en la que fueron empleados, principalmente, para labores de pulverización de productos agroquímicos, han ido asumiendo tareas cada vez más complejas y delicadas, entre las que se cuentan el monitoreo de cultivos y la detección temprana de plagas y enfermedades, por nombrar algunas.
«Hoy los drones están equipados con distintos tipos de cámaras, incluyendo cámaras multiespectrales y térmicas, y eso permite identificar problemas como deficiencias nutricionales o la presencia de estrés hídrico. Así es posible realizar un mapeo altamente preciso de la salud vegetal de los cultivos», explica Christian Pérez, académico del Departamento de Gestión Agraria de la Universidad de Santiago.
«Los drones han reemplazado tareas humanas como la inspección visual del estado de los cultivos, que antes se realizaba con observación directa a lo largo de caminatas entre hileras de plantas cultivadas. Eso ha ido quedando atrás, porque los drones brindan una radiografía predial completa y con muy buena resolución», continúa el docente.
Estas aplicaciones se han traducido en la proliferación de empresas que ofrecen servicios de venta y arriendo de drones, así como de otras que brindan un servicio completo de aplicación de productos en los cultivos mediante drones, incluyendo, por supuesto, la participación de una persona experta que se encarga de pilotar el aparato. Una de ellas es Cuatro Vientos, firma cuyo codueño, Felipe Acuña, señala que esta tecnología «está ganando terreno en los campos de Chile y hoy es un complemento a las labores habituales que se hacen con personas».
«Los drones sirven principalmente en las tareas que tradicionalmente han involucrado tractores y equipo humano con aplicación de productos con bombas sujetas a la espalda. En algunos cultivos más altos, como nogales y paltos, son un gran complemento con los tractores para cubrir el árbol en la copa y en los sectores bajos», cuenta el empresario.
«El servicio de Aplicación tiene tarifas variables; siempre va a depender del tipo de cultivo, la cantidad de hectáreas, el grado de mojamiento (litros a aplicar por hectárea) que requiere el cliente. En general, el rango de tarifas va desde los $850/litro hasta los $1.100/litro. Si es precio por hectárea, suponiendo una aplicación de cuarenta litros por hectárea, ese valor se acerca a una UF ($39.485). El servicio que se entrega incluye todos los gastos de operación, y el dueño del campo básicamente aporta el producto que se va a aplicar y un punto para abastecer agua», detalla.
Acuña destaca que estos aparatos permiten ahorrar hasta un 90% de agua y entre un 20% y un 30% en productos.
Pero aclara: «No me aventuro a decir que existe ahorro en la operación, porque hay campos en los que el uso de tractores es un poco más barato».
El empresario agrega que es complejo hacer una estimación por la multiplicidad de factores implicados, pero da un hecho cualitativo. «A nosotros nos llaman cuando el tractor se echó a perder, o cuando están atrasados con las aplicaciones del producto. Ahí recurren a los drones, porque en ese caso ya no es un tema de costo, sino de eficiencia», señala.
Para Bernardo Peña, quien es dueño de Famagro, empresa de venta y arriendo de drones para el agro, esta tecnología aún no ha sido plenamente incorporada a los trabajos del campo nacional debido a «la idiosincrasia del agricultor chileno».
«Los agricultores dicen que ellos no se comprarían un dron, porque no saben volarlo, y por eso contratan servicios externos, pero la verdad es que el dron hace todo solo. Cuando ha habido choques de drones, casi siempre ha sido porque alguien metió mano en el control remoto cuando no debía», cuenta el empresario.
«Igual se entiende que los agricultores tengan esa aprensión, porque el costo de un dron no es menor, puede llegar a los 30 millones de pesos con IVA incluido, pero esa inversión la pueden recuperar en un año, cosa que no ocurre con la maquinaria tradicional, como los tractores», reflexiona.
Matices
La profesora Paula Santibáñez, directora del Observatorio Climático de la Facultad de Ingeniería de la Universidad San Sebastián, ofrece una visión más matizada del impacto que los drones han tenido en el campo chileno.
«En la agricultura moderna, los drones se han convertido en herramientas versátiles capaces de aportar información rápida y detallada sobre el estado de los cultivos. Permiten elaborar mapas topográficos y modelos 3D del terreno, útiles en el diseño de sistemas de riego, obras de drenaje o nivelación, así como para el seguimiento de obras de infraestructura agrícola y la aplicación localizada de fertilizantes, agroquímicos o biocontroladores en sectores específicos, optimizando así el uso de insumos», detalla.
«Sin embargo, en Chile su uso enfrenta limitaciones prácticas y económicas que han reducido su adopción masiva en el monitoreo rutinario de cultivos. En muchas zonas productivas, el tamaño promedio de los predios es de 50 a 100 hectáreas, lo que permite a los administradores recorrerlos fácilmente a caballo, identificando a simple vista las zonas con menor vigor o con problemas sanitarios», plantea.
«A esto se suma que el costo de un vuelo de dron incluye no solo la captura y procesamiento de imágenes, sino también el desplazamiento hasta el predio, lo que encarece el servicio y reduce su rentabilidad en superficies pequeñas. Además, factores como las condiciones climáticas, la necesidad de pilotos capacitados y el procesamiento especializado de la información influyen en su viabilidad», agrega la académica.
Felipe Acuña, de Cuatro Vientos, opina que los factores que restan ventajas al dron son otros, derivados de limitaciones propias del rubro agrícola. «Si hay viento, eso afecta al dron, al tractor y a todo el mundo. No puedes arriesgarte a aplicar el producto, y que el viento lleve el producto hacia el campo vecino. El dron, por ejemplo, permite hacer aplicaciones aunque esté lloviendo, porque es a prueba de agua, pero una aplicación con lluvia no es eficiente, porque el producto no se queda pegado en los cultivos, no se adhiere al árbol. Lo mismo pasa con el calor: el dron puede hacer aplicaciones con más de 25 grados de temperatura, pero ahí el producto se va a evaporar más rápido, ya sea con tractor o con drones», aclara.