La Roja del Tigre ruge en reversa

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La lección por aprender es que los problemas no se resuelven todos de un día para otro. Lo bueno es que Darío Osorio tiene con qué responder a la exigencia.

El partido de este viernes en Texas contra Perú agregó un capítulo más a un libro clásico de la Roja: «Después de la batalla todos somos generales». Claro, porque ahora es fácil diagnosticar que Chile jugó mal y que Ricardo Gareca apretó las teclas equivocadas en el comando técnico para reorganizar el equipo ante los distintos obstáculos que le fue planteando un rival porfiado, rocoso y combativo. Y claro, también, porque todo habría sido diferente si Alexis Sánchez metía en el arco ese centro casi perfecto de Víctor Dávila desde la izquierda que lo dejó solo en el minuto 15.

El informe forense del 0-0 del debut en la Copa América 2024, sin embargo, dejó en el aire el entusiasmo con el que llegó la Roja al torneo tras darle un baile a Paraguay en el último amistoso. La mecanización del juego adelantada por Gareca se desvaneció ante la presión peruana sobre la salida y el mediocampo. Sólo quedó la reacción del primer tiempo, tras la sorpresa inicial, cuando Chile empezó a romper líneas y a sumar pases en territorio peruano: Marcelino Núñez y Erick Pulgar de repente encontraron a Sánchez y Sánchez de repente encontró a Dávila y Diego Valdés.

Perú comenzó a correr como un pollo sin cabeza cuando el Tigre Gareca le pilló la mano a su idea y parecía que en cualquier momento caía un gol en la valla de Pedro Gallese. Pero no cayó, primero porque Eduardo Vargas siguió desconectado del resto y luego porque la lesión de Valdés justo antes del descanso desarmó definitivamente la respuesta chilena a la intensidad de su adversario.

Chile volvió al segundo tiempo con Darío Osorio en el puesto de Valdés y ya era otro equipo. No es culpa de Osorio, pese a que no logró enchufarse en las coordenadas tácticas del juego, sino del tipo de partido que se estaba desarrollando y de las características acumuladas de sus compañeros en la zona de gestación. El tridente Osorio-Sánchez-Dávila, que funcionó razonablemente en el amistoso de marzo ante Francia, se trabó ante un rival que eligió disputar todo el segundo tiempo en su propio campo. Osorio puede ser más efectivo como extremo que Valdés, pero este último complementa mejor a Sánchez en el juego asociado y lo libera de un peso que lo viene agobiando desde hace años: sentirse el único capaz de conducir a la Selección en situaciones difíciles, tales como un empate incómodo o una derrota en curso.

Los otros cambios que hizo Gareca para torcer el trámite apenas movieron la aguja del peligro en el tramo final. Perú ya no volvió a ver comprometido el 0-0 que tanto le acomodaba y de hecho alcanzó a entusiasmarse con un par de contraataques que no le hicieron ni cosquillas a Claudio Bravo. Es fácil decir todo esto con el diario del día siguiente en la mano, porque uno en verdad espera que Osorio cuando entre se coma la cancha y reviente el arco con su zurda telescópica. La lección por aprender es que los problemas no se resuelven todos de un día para otro. Lo bueno es que Darío Osorio tiene con qué responder a la exigencia.

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