Expertos advierten riesgos por almacenar material sensible en los dispositivos
Qué hacer si a uno le roban el celular con fotos comprometedoras. Expertos opinan.
Después de que un motochorro le arrebatara su teléfono móvil de sus manos, la actriz argentina Mariela Montero ha enfrentado un calvario por la filtración de fotos íntimas que almacenaba en el dispositivo, método elegido por desconocidos para extorsionarla. Los padecimientos de la artista trasandina reflejan la importancia que adquirieron los datos que llevamos a diario en los celulares, en carteras y bolsillo, y cuánto se trastoca nuestra vida cuando dejamos de tener acceso a ese material sensible y que, a la larga, relativizó conceptos como privacidad e intimidad.
Vida privada
«Guardar fotos o videos privados en el teléfono es como mantener un tesoro en una caja sin llave. En mi experiencia investigando fraudes y delitos económicos, he visto cómo esa costumbre, aparentemente inofensiva, puede terminar en graves vulneraciones a la vida privada», dice Fernando Pérez, experto en auditoría forense, compliance e inteligencia artificial.
Más data
Pérez añade que «los teléfonos móviles hoy concentran más información personal que una oficina completa: imágenes íntimas, documentos, datos financieros, contraseñas y comunicaciones. Y aunque creemos tenerlos bajo control, basta un descuido, un acceso remoto o una pérdida física para que esa información caiga en manos equivocadas».
Cofre valioso
Zady Parra, subgerente operacional y de seguridad en Zenta (empresa especializada en seguridad integral, tecnología y soluciones operativas), asume que el teléfono «es literalmente un cofre de información valiosa, no solo emocional sino también sensible. Por eso es fundamental proteger con contraseñas robustas, autenticación en dos pasos y, sobre todo, con criterio sobre qué se almacena ahí. En ciberseguridad siempre decimos que si algo no quieres que se filtre, lo más seguro es que no esté en un dispositivo conectado».
Sin control
Parra grafica que «en el momento en que una imagen queda guardada en un dispositivo conectado, deja de estar completamente bajo nuestro control. Aunque parezca que está solo en el celular, la verdad es que puede estar sincronizada con la nube, respaldada en aplicaciones o expuesta si el dispositivo se pierde o es vulnerado». Parra acentúa una paradoja digital: «Creemos que algo nos pertenece porque lo vemos en nuestra pantalla, pero en realidad siempre hay un riesgo de filtración o acceso no autorizado. Por eso, el manejo consciente de la privacidad empieza por entender que la seguridad digital no es solo técnica, también es una actitud».
El uso de las redes sociales relativiza la intimidad.
«La intimidad se ha vuelto un concepto mucho más flexible. Las redes sociales nos acostumbraron a compartir casi todo, desde lo que comemos hasta con quién estamos, y eso ha ido desplazando los límites de lo que consideramos privado. Lo que antes se reservaba para un círculo muy íntimo, ahora muchas veces termina publicado sin pensarlo demasiado. El problema es que ese hábito de exposición constante nos hace olvidar que cada foto o dato que subimos puede quedar almacenado, replicado o utilizado por terceros, incluso cuando creemos haberlo eliminado».
Intimidad social
Desde un punto de vista filosófico, Daniela Alegría -académica de la facultad de Filosofía y Humanidades de la Universidad Alberto Hurtado- asevera que «vivimos en una sociedad donde mucho tiende a mostrarse y lo íntimo se capitaliza en búsqueda de reconocimiento y, de alguna forma, aparecer en las redes sociales se ha vuelto una forma de existir». Este escenario, continúa, «plantea dilemas éticos como, por ejemplo, exponerse hoy no equivale a haber consentido todas las futuras circulaciones, nuestros datos se convierten en métricas, no todas las personas arriesgan lo mismo al exponerse; ciertamente mujeres, niños y grupos minorizados sufren más daños (acoso, slut-shaming, doxxing, entre otros), y la exposición puede afectar a terceros (familia, amistades)».
Ética
En este contexto, Daniela Alegría plantea preguntas éticas: «¿Qué responsabilidad tenemos de prever los riesgos de exposición?, ¿qué tan conscientes somos del poder que cedemos a las plataformas?, ¿qué tipo de libertad ejercemos cuando entregamos voluntariamente información que puede volverse contra nosotros?, ¿qué responsabilidad moral tienen los medios, las plataformas y la audiencia ante contenido íntimo obtenido mediante coacción?, ¿qué debemos hacer nosotros frente a ese material?, ¿tenemos que ignorar, denunciar y/o sancionar socialmente su consumo?».


