«Tenía que dormir en un colchón que muchas veces se desinflaba y terminaba en el piso»

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La historia de Agustín Pavez, el joven prodigio de la paranatación chilena

El deportista de 17 años, que fue diagnosticado con TEA a los 15, fue el más ganador de los Juegos Parapanamericanos de la Juventud, con cinco medallas de oro y una de plata.

Una de las historias más bonitas, inspiradoras y que tocó los corazones de muchos en los recientes Juegos Parapanamericanos Juveniles Santiago 2025, fue la que protagonizó el joven nadador chileno Agustín Pavez (17). No sólo por las cinco medallas de oro y una de plata que obtuvo, y que lo consagraron como el deportista más ganador entre el casi millar que representó a las 27 delegaciones; sino por todo el dolor y sacrificio que hay detrás de cada una.

Hasta los 15 años, cuando recién fue diagnosticado con el trastorno del espectro autista (TEA), iba a un colegio convencional cerca de su casa en la comuna de Mostazal, en la VI Región. Poco antes, entre enero de 2022 y julio de 2023, vivió en Rio de Janeiro. Allá entrenaba federado por la rama de natación del Club Flamengo, y compartía junto a su padre, Víctor, un sencillo monoambiente en Copacabana. El presupuesto no daba para más.

«Tenía que dormir en un colchón que muchas veces se desinflaba y terminaba durmiendo en el piso, y al día siguiente me daba un dolor de espalda horrible. Pero soporté todo eso para poder seguir superándome cada día», cuenta al término del homenaje que recibió junto a sus pares medallistas en La Moneda.

Por su diagnóstico, donde también aparece la discalculia, que es un trastorno que le impide comprender y resolver operaciones matemáticas, se integró a la selección del Comité Paralímpico de Chile (Copachi), donde fue clasificado por los médicos de la institución como S14, dada su condición cognitiva. Y empezó un nuevo camino, que lo tiene muy ilusionado: «Mi sueño es clasificar a Los Ángeles 2028 y pelear por estar entre los cinco primeros del mundo. Sé que me tocaría competir con gigantes de 1,90, y yo mido 1,65, así que será hermoso estar metido ahí con ellos. Recién hice la marca mínima que pidieron para el último Mundial en los 100 metros espalda, pero si la bajan para estos Juegos sé que tendré que esforzarme más para llegar», anticipa.

Asiste todos los días al Centro Acuático del Estadio Nacional para entrenar junto a sus compañeros del Copachi, donde se mezclan nadadores con discapacidades distintas. Sus padres se turnan para llevarlo a diario: «Nos levantamos a las cuatro de la mañana, ya que entrena en Santiago de seis a ocho. Luego volvemos a la casa, y en la tarde regresamos», dice su madre, Marlicet Moscoso, quien fue su primera entrenadora.

¿Qué otras cosas disfruta además de la natación, Agustín?

«Me gusta cocinar, salir con mi mascota…».

¿Qué mascota tiene?

«Tengo dos pug. El más joven, Beto, cuando ve que entreno solo, corre al lado mío por el borde de la piscina y yo lo miro para mejorar la velocidad. Como es extremadamente rápido me tengo que esforzar el triple para alcanzarlo. Y si me ve muy desesperado se me tira encima como para salvarme, porque cree que me estoy ahogando, y después yo tengo que sacarlo del agua porque me da miedo que se ahogue. Se podría decir que es como mi entrenador».

¿Y el otro perro lo acompaña a nadar también?

«Carlina está más viejita, Beto tiene sólo tres años. Antes lo hacía, pero pasaron los años muy rápido para ella».

¿Y qué cocina?

«Me gusta mezclar proteínas, carne con pollo, huevos mezclados con otras combinaciones, como atún y palta. Suena raro, pero lo hago más que nada para fortalecerme también físicamente».

¿Quién le enseñó?

«Nadie. Un día estaba aburrido y quise empezar a hacer cosas distintas y empecé a prepararme mis comidas».

¿Qué momento le gustó más de los Juegos?

«La verdad, me dio mucho gusto que me ganara un chico con enanismo de Colombia en una prueba combinada. No sé, pero me puse feliz por él, porque se notó que se había esforzado, y cuando vi que me había ganado lo abracé y lo felicité».

¿Dónde es más feliz?

«Me gusta mucho el mar, la playa, todo eso. Uno de mis sueños es tener algún día una lancha, un yate e ir ahí libre por el mar».

Hoy sigue bajo el alero del club carioca, que le manda sagradamente sus pautas de entrenamiento: «Me las envía así, y yo se las traduzco», señala su padre, Víctor, mientras muestra la última cartola recibida con las instrucciones que debe ensayar en la piscina el mayor de sus dos hijos. «Lo hacemos de esta manera para que mantenga el roce con los brasileños, que son la potencia sudamericana en la paranatación».

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