Diego Mendoza maneja hasta 350 aparatos para formar diversas figuras
El desafío técnico más estresante es el desposicionamiento: esto significa que los drones están en su área de vuelo, pero mal ubicados y la figura no se entiende, cuenta.
Antes de convertirse como uno de los referentes de la industria de los espectáculos de drones en Chile, Diego Mendoza vivía una vida muy distinta. Estudió Comunicación Audiovisual en el Instituto Santo Tomás, trabajó como proyeccionista de cine en CineHoyts y en el Centro Cultural La Moneda, y luego sus ingresos vinieron de las grabaciones matrimonios, eventos y cualquier proyecto que permitiera sostener su pequeña productora. Su espíritu emprendedor, sin embargo, se arrastraba de mucho antes: «Mi primer negocio fue un carro de completos», recuerda entre risas.
Ese impulso por crear algo propio lo llevó, casi por accidente, a una industria que en Chile aún era desconocida. En 2016 aparecieron los primeros drones comerciales accesibles, y Mendoza compró uno con la simple intención de mejorar sus videos. Pero cuando tomó un curso de fotogrametría -la técnica para crear mapas y modelos 3D a partir de fotografías aéreas- sintió que algo se encendía. «Me explotó la cabeza», dice. Descubrió no solo una herramienta visual, sino una puerta de entrada a industrias como la minería, la forestal o la inspección eléctrica, donde los estándares eran bajos y donde su mirada audiovisual podía agregar valor real.
Ese fue el comienzo de un camino acelerado. Primero trabajó inspeccionando líneas eléctricas en el sur. Después, en 2018, participó en su primer proyecto de seguridad municipal con drones en Peñalolén, en un momento en que apenas existían referentes. Más tarde se sumó al Plan de Vigilancia Nacional de la Subsecretaría de Prevención del Delito. La experiencia acumulada le permitió certificarse ante la DGAC como uno de los primeros operadores aeronáuticos AOC (Air Operator Certificate) del país, un paso clave que terminaría conectándolo con Umiles España, la mayor empresa de drones de la península.
«Cuando Umiles llegó a Chile para realizar, junto al Banco de Chile, el primer show masivo de drones televisado en el país, necesitaban a alguien capaz de operar legalmente bajo normativa chilena. Ahí me contactaron. La DGAC inicialmente rechazó ese proyecto, pero logramos diseñar en conjunto una normativa experimental que hizo posible los primeros espectáculos sincronizados en Santiago, La Serena y Concepción», recuerda. Después de ese éxito, Umiles le ofreció ser su representante en Chile.
Desde entonces ha realizado shows en el Cerro San Cristóbal, Limache, Graneros, San Javier y decenas de comunas, además de campañas para marcas como Concha y Toro, Diesel y Maybeline. Maneja una flota de 300 a 350 drones y un equipo de ocho personas. «No existe un tutorial de YouTube que te diga cómo hacer un show perfecto, siempre hay que estar perfeccionándose en los ensayos», asegura.
¿Que se caigan drones en pleno show es habitual?
«No, no lo es. El desafío técnico más estresante es el desposicionamiento: esto significa que los drones están en su área de vuelo, pero mal ubicados y la figura no se entiende. Es frustrante porque la tecnología es compleja y no hay manuales para aprenderla. Todo lo que hemos aprendido ha sido a punta de ensayo y error. Ensayamos todas las semanas en una cancha de fútbol en Peñaflor, revisando conexiones, calibraciones y posicionamiento. Es una curva de aprendizaje dura, pero necesaria. Nunca se nos ha caído una flota, pero sí hemos tenido momentos en que la figura final no queda perfecta».
Hoy realiza shows de hasta 350 drones. ¿Qué tan desarrollado está este mercado en Chile?
«Muy poco. Un show pequeño, que dura 10 minutos, cuesta entre $8 y $12 millones. Un show grande, como el que hice en el Cerro San Cristóbal, costó cerca de $30 millones. En China vuelan 5.000 o 10.000 drones; mi flota máxima acá es de 300 a 350. El público compara y se decepciona porque esperan ver lo mismo que en internet. Además, el 90% de mis clientes es estatal, y cuando hay elecciones o se detienen los presupuestos, la demanda se frena. Este año llevo unos 17 shows; en España Umiles hace 12 al mes. La diferencia es brutal. Chile es caro para mover equipos: ir a Arica o Calama puede costar más de $10 millones en logística. Muchas veces el margen que queda es mínimo».
¿Cuál es la proyección de su negocio?
«Mi foco estará en dos áreas: capacitación y servicios para la gran minería. Los shows los voy a mantener, pero como servicio puntual: traer la flota desde España en temporadas específicas, hacer varios espectáculos y devolverla. Mantener drones fijos en Chile no tiene sentido si haces 20 shows al año. La tecnología va avanzando y los drones serán más pequeños, más fáciles de transportar y más baratos. Cuando eso pase, el mercado va a crecer muchísimo, pero por ahora esta es una industria en desarrollo. Hay que seguir empujando para que la gente entienda su potencial».
Vuelo completamente automatizado
«El show de drones funciona con un software especializado que controla cada uno de los movimientos del enjambre. Yo cargo las figuras, las animaciones y las coreografías en el sistema, y cada drone recibe una ruta exacta basada en coordenadas GPS. Eso significa que cada posición, cada giro y cada luz están predefinidos milimétricamente. No vuelan al azar ni se manejan uno por uno; es un vuelo completamente automatizado donde todos se sincronizan entre sí», explica Diego Mendoza, representante de Umiles en Chile.??