«Carmina Burana» se lleva bajo la piel

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Para quienes cursan cierto grado de adultez y no necesariamente sean muy cercanos a nuestro acontecer artístico-musical, de seguro «Carmina Burana» ocupa un lugar en sus biografías, por pequeño que éste sea. Es una obra que alguna vez vieron como ballet o escucharon en la versión de concierto. Y si no, simplemente se la toparon, sepa Dios cómo, cuándo y dónde, porque por largas décadas en Chile «Carmina Burana» de Carl Orff ostenta un lugar de absoluta preferencia y gusto masivo. A unos simplemente les suena; a otros muchos les retumba. Hasta hace un par de décadas se hacía presente con danza agregada, en la legendaria coreografía de Ernst Uthoff; luego ha echado raíces sólo en forma de oratorio y así se la disfruta una y otra vez en sus numerosas presentaciones.
Anótese, entonces, que el público que agota entradas para disfrutarla por enésima vez pareciera llevarla bajo la piel y necesita sacarla a relucir con alta frecuencia, como un acto de catarsis. La inauguración de la gran Sala Sinfónica de la U. de Chile en julio pasado trajo de la mano una programación muy bien pensada por la que han desfilado obras que fortalecen sus magníficas condiciones acústicas. A la Novena Sinfonía «Coral» de Beethoven se han sumado otras de sonoridades igualmente grandiosas, como «La consagración de la primavera» de Stravinsky y la Sinfonía «Resurrección» de Mahler.
Y claro, si faltaba que en ese recinto resonara la espectacularidad de «Carmina Burana», el momento acaba de concretarse. Bajo la dirección invitada del argentino Carlos Vieu (59), nuevamente se congregó a la Orquesta Sinfónica Nacional, el Coro Sinfónico de la U. de Chile y un trío de solistas integrado por Tabita Martínez, Moisés Mendoza y Patricio Sabaté.
En sus sesenta minutos la obra no cesa de ofrecer un constante despliegue de ritmos magnéticos con el canto coral a todo dar y solos vocales de fuerza, humor y lirismo. Los intérpretes convocados, más que nadie, también llevan «Carmina Burana» bajo la piel por haberla encarado tantas veces, pero darle un justo armazón desde el podio no es nada fácil ni rutinario. En tal sentido, el maestro Vieu, dirigiendo de memoria, demostró también llevarla bajo la piel y concentrarla en su accionar manual para entregar una versión algo rápida, pero triunfal.

La taquillera obra regresa en enero, a la Sala Sinfónica y a la grandeza del Estadio Nacional, con acceso gratuito (se supone). ¡Oh fortuna!, exclamarán muchos.

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