Los operarios preparan la conservación del aeródromo Teniente Marsh y la construcción de un muelle en Bahía Fildes
Los trabajadores cuentan con campamentos propios, turnos adaptados al clima, espacios de esparcimiento, conectividad con sus familias y atención paramédica y sistemas de telemedicina y aeroevacuación.
Fernando González llegó a la Antártica el 1 de diciembre, junto a un pequeño grupo de avanzada. Desde entonces, su rutina transcurre entre nieve, viento y planificación extrema. El ingeniero residente del contrato de conservación del aeródromo Teniente Marsh, resume el desafío con una frase que se repite entre quienes trabajan en el lugar: «Nada es simple y el margen de error es mínimo».
Instalado en Villa Las Estrellas, en Bahía Fildes, González explica que las primeras semanas no están marcadas por grandes máquinas ni hormigón, sino por alistar el terreno humano y operativo. «Estamos preparando las condiciones para que este proyecto se pueda ejecutar en forma segura y ordenada», señala en referencia a una faena que exige anticipación absoluta.
Las labores que se preparan en la Isla Rey Jorge corresponden a dos proyectos del Ministerio de Obras Públicas: la conservación mayor del aeródromo Teniente Marsh -principal puerta de entrada aérea a la Antártica- y la construcción de la primera etapa de un muelle de conectividad en Bahía Fildes.
El clima manda
El contexto es extremo. Temperaturas bajo cero, rachas de viento que superan los 80 kilómetros por hora y períodos de baja visibilidad condicionan toda la operación. «Sobre todo el foco está en el cuidado de las personas», enfatiza González, aludiendo a una experiencia que exige preparación física, mental y emocional.
Ese enfoque también es compartido por la administración de la empresa a cargo de las obras. Pedro Izquierdo, gerente general del Consorcio Bahía Fildes, explica que no basta con dominar un oficio. «No solo buscamos gente buena en su especialidad, sino personas que puedan convivir y trabajar en un lugar extremo como la Antártica», sostiene.
La selección del personal considera evaluaciones médicas y sicológicas estrictas, además de una inducción previa centrada en seguridad, aislamiento y trabajo en equipo. La razón es clara: en este territorio una emergencia no siempre permite una evacuación inmediata.
El despliegue humano se realiza por etapas. Primero llegan quienes arman los campamentos y apoyan la logística inicial. Luego, según el avance de las obras, se suman operadores de maquinaria, soldadores, buzos y otros especialistas. En el período de mayor actividad, la dotación podría alcanzar hasta 70 personas entre ambos proyectos.
La logística es otro desafío mayor. Luis Zuleta, gerente de operaciones de Constructora Conpax, detalla que el transporte de equipos y materiales depende de ventanas climáticas muy específicas. «Las maniobras solo se realizan cuando existen condiciones seguras, especialmente por el viento, que es una variable crítica», explica.
Mientras tanto, la vida cotidiana se organiza puertas adentro. Los trabajadores se alojan en campamentos propios, con turnos de trabajo que intentan mantenerse en jornadas de ocho horas, aunque siempre supeditadas al clima.
Para enfrentar la distancia con el continente, también se consideran instancias de esparcimiento y conectividad.
Juegos de mesa, televisión e internet permiten mantener el vínculo con las familias y aliviar la rutina en uno de los lugares más remotos del planeta.
En materia de salud y seguridad, los protocolos son reforzados. Hay personal paramédico en terreno, sistemas de telemedicina y convenios de aeroevacuación en caso de emergencia. Además, toda la operación se coordina con la Fuerza Aérea de Chile, que define, incluso mediante un sistema de «semáforo», cuándo está permitido salir.
«Estamos aquí haciendo patria para que este proyecto funcione a la perfección», concluye González desde el continente blanco.


