César Garrido compró una parcela en la isla Tranqui, a unos 60 kilómetros de Castro
La puso en alto para que no entrara el agua. Allí vivía mientras construía su refugio. Hoy tiene energía solar y en las noches ve Netflix.
César Garrido (50 años) se compró un terreno en una isla en Chiloé para su futuro. Pasó un fin de semana ahí para conocerlo y le gustó tanto sentir el susurro del bosque y el ruido de los pájaros que decidió no volver más a Santiago. Instaló su carpa y se quedó por más de un año.
Ingeniero en medio ambiente y programador, Garrido compró ocho hectáreas en la isla Tranqui, a unos 60 kilómetros de Castro, donde se llega en poco más de una hora desde Queilen, con tramos en bus y lancha. Allí viven cerca de 300 personas.
«Llegué a la isla por coincidencia. Trabajaba en una empresa que compraba terrenos en Chile para hacer parcelas y una amiga me mandó el dato de este predio. Ella me empujó a que lo comprara y pensé en dejarlo ahí para hacer algo más adelante porque tenía deudas que pagar. Estaba metido en la carpa y decidí que no quería volver a la ciudad», recuerda.
Su carpa soportó dos lluvias antes de que sucumbiera. Tuvo que construir un soporte con altura para evitar el contacto con el suelo.
¿Pensó que estaría un año en una carpa?
«Mira, a veces la echo de menos, es rico acampar. Tenía mis comodidades, era alta, tenía un colchón inflable de doble altura de plaza y media. Tenía un baño seco para el uso cotidiano y armé la ducha dentro del invernadero que había en el terreno. Era una ducha solar, el agua salía calentita. Fue agradable ese tiempo».
Cocinaba en una fogata a la intemperie y aprendió a hacer pan así, al fuego.
«Fue súper loco, pero hoy, cuando miro para atrás, pienso que vivir en la ciudad es más sacrificado que en el campo si tienes las herramientas adecuadas. Yo ya sabía hacer ciertas cosas con la energía solar y otras tecnologías, se te hace entretenido. Hasta el día de hoy tengo cocina eléctrica y a leña», comenta.
Como su plan era vivir de frentón en la parcela, hizo un refugio de 36 metros cuadrados totales, con un dormitorio.
«Había una casa destruida del antiguo propietario y rescatamos materiales de ahí. El resto lo armamos con canelos viejos que estaban caídos y pinos de multitienda. Los materiales se llevaron a pulso, en yunta de bueyes o en brazos.
Estoy en un monte, los bueyes no podían subir cuando había barro», detalla.
Ahora la cabaña está completa, con climatización central con energía solar y refrigerador.
«Y hielo para los tragos», apunta.
¿Qué le gusta de vivir en la isla?
«Tengo un bosque maravilloso que se ha ido recuperando porque fue talado, como sucedió en gran parte de la isla. Hay una fauna, aves preciosas, se hace agricultura tradicional y se vive súper tranquilo con muy poco. Puedes vivir con lo que produces en el campo».
¿Tiene dónde comprar provisiones?
«Sí, hay un par de almacenes. Hay uno que está siempre abierto y funciona perfecto, se llama Todo Tranqui, e incluso trae materiales de construcción y le puedes hacer pedidos. Tengo todo lo que necesito, hay internet y veo Netflix.
Siempre me preguntan qué hago en las noches y se sorprenden cuando digo que veo tele. Vivo en el monte y en una isla, pero hay comodidades básicas. Mi cabaña es súper rústica en cuanto a la construcción, pero tengo todo lo que necesito».
$700 la micro
Garrido fundó la empresa Verde Austral, con la cual instala paneles y termos solares para ducha o calefacción.
«Funcionan perfecto en Chiloé, somos varios vecinos en la isla que tenemos paneles solares. Hay que diseñar el proyecto para que funcione bien, con la potencia y los equipos adecuados para el lugar», manifiesta.
Cuando sale de la isla, se demora entre tres y cuatro horas en llegar a Castro porque los transbordos no son expeditos.
«Salgo a las seis de la mañana para llegar a las 11. Me muevo en auto, bicicleta y transporte público según el apuro que tenga. Y en la Isla Grande hay transporte público subvencionado, cuesta $700 y recorre la isla tres veces al día».
¿Extraña algo de la ciudad?
«Cuanto necesito algo de desorden o ruido, voy a las ciudades cercanas como Castro, pero salgo más por cosas de trabajo. Cada vez me cuesta más salir de la isla. Amanece a las 5:30 de la mañana y hay muchas cosas por hacer: dar vuelta la tierra, desmalezar, ver mis abejas y a mis perras».


