A trece años de su estreno en Santiago (GAM), «Gloria» de Sebastián Errázuriz volvió a cobrar vida, esta vez en Frutillar (Teatro del Lago) para luego viajar a Concepción (Teatro Bio Bio). Ahora se la titula «Gloria del Canto».
No cabiéndole un justo encasillamiento en el rubro operístico, esta singular creación se recibe mejor como un divertimento escénico-musical. Es una ácida y disparatada comedia que ironiza y desenmascara el mundillo de los programas de farándula de nuestra televisión. Manteniendo su mismo libreto y música, deja ver que con el paso de los años su contenido sigue muy vigente.
Con una acción que avanza en tiempo real, la obra presenta el programa «SDQ» («Se dice qué»), espacio farandulero en que sus animadores e invitados ventilan intrigas, chismes y antiguas relaciones. Sobre un libreto de Felipe Ossandón, el trabajo musical de Errázuriz enfatiza breves diálogos de acción que pudieran asimilarse como recitativos, intercalando números de mayor discurso melódico, donde destacan de sobremanera «Amigo con ventaja» y «Dubidubidú», el divertido jingle del auspiciador del programa.
Desde un foso, un pequeño grupo instrumental dirigido por el propio Errázuriz apoya un muy buen canto a cargo de cinco solistas: Paulina González, Javier Weibel, Jessica Rivas, Natalia Vilches y Nicole Galleguillos. Se valora en este quinteto la participación de cantantes de larga y reconocida trayectoria junto a otros emergentes y de la región.
En este regreso de «Gloria» con apellido llama mucho la atención su tratamiento teatral, nuevamente firmado por María Izquierdo, por el abandono de muchos atractivos visuales que lucían en la producción del estreno de 2013. En aquel montaje la presencia de un glamoroso estudio de TV era evidente, con orquesta a la vista, con el perímetro de la boca del escenario colmado de lucecitas y con los personajes mostrando un vestuario muy colorido. Nada de eso se ve ahora, dejando el espacio neutro y desnudo, uniformando a todos de riguroso negro. Las imágenes de multimedia que se proyectan en una gran pantalla posterior no logran ser el mejor complemento vitalizador y tanto una pequeña maqueta del estudio -¿?- como unos diminutos muñecos de presencia furtiva resultan incomprensibles, entendidos tal vez como agregados oníricos e incluso surrealistas. Se echa de menos aquella «Gloria» sin apellido, en su vistosa y rutilante concepción original, ya lejana.