¿Qué hacer cuando un cabro sale bueno para la pelota?

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Los grandes jugadores no piden permiso público, aprenden a la intemperie y conquistan patadas limpias o cachañas innecesarias.

El debut de Carlos Caszely en Colo Colo está de cumpleaños: el 10 de febrero de 1967 jugó su primer partido por los albos, en un amistoso contra Universidad Católica de los recordados hexagonales de verano. Cinco meses después, con 17 años, hizo su estreno en primera división, el 30 de julio ante Santiago Morning. Era muy flaco y tenía cara de no haber terminado el recreo, pero la revista Estadio anotó su nombre, sin tener claro aún cómo se escribía: «Debutó oficialmente Casselli, juvenil en el que Colo Colo cifra esperanzas. En el primer tiempo fue el más peligroso y activo».

Hoy, con la biografía ya escrita y el bronce garantizado, resulta tentador decir que Caszely llegó predestinado, que desde el primer pique fue evidente su destino de grande. Pero la historia rara vez coopera con la nostalgia. En realidad, casi desde el inicio se instaló una sospecha más persistente que el talento: la del muchacho difícil, el díscolo precoz, el jugador que parecía jugar también contra su propia soberbia en construcción.

Estadio armó durante años el registro de esa duda. Antonino Vera lo juzgó con seriedad, a veces convertida en severidad: «Un jugador muy tierno todavía. Un auténtico adolescente». La crítica no apuntaba al balón, sino al cuerpo en tránsito, a esa fragilidad propia de quien todavía no decide en qué adulto se va a convertir.

Pero el problema no era solo físico. También estaba el carácter, esa palabra que en el fútbol funciona como diagnóstico médico y condena moral. «Está en un momento difícil de su personalidad», advertía Vera, como si se tratara de un clima inestable: parcial variando a nublado. A los 18 años -nos recuerdan- los aplausos funcionan como un embrague defectuoso: aceleran cuando deberían frenar. El elogio no siempre empuja; a veces desbarranca.

El gran Enrique Hormazábal, entonces entrenador de Colo Colo, fue menos literario y más filoso: Caszely le hacía «olitas», se declaraba víctima, era mañoso y engreído. «Actualmente es un elemento dañino», sentenció, con la misericordia final del adulto que todavía cree en la pedagogía del tiempo: o cambia o se hunde por su propio peso. El fútbol como ley de la gravedad.

Nada de esto es exclusivo de una cancha. La historia humana avanza a empujones generacionales: los jóvenes llegan con ideas nuevas y peinados sospechosos; los viejos defienden el orden como si fuera una reliquia familiar. El aprendiz desafía al maestro antes de saber si está listo para reemplazarlo. Y casi nunca hay consenso sobre el instante exacto en que la promesa deja de serlo.

Por eso, cada vez que aparece un cabro que sabe tratar la pelota como si fuera una confidencia, regresan las preguntas de siempre. ¿Lo inflamos demasiado o lo protegemos en exceso? ¿Lo soltamos al ruido o lo escondemos del mundo?

En el fútbol chileno, el problema parece crónico: los cracks maduran tarde. Salvo excepciones heroicas, el talento se consolida después de los 25, cuando en otras latitudes ya se discute la decadencia. Las explicaciones suelen ser binarias, como un mal planteamiento táctico.

Primera versión: el elogio excesivo. El aplauso que aturde, la noche que distrae, la fama que llega antes que el oficio.

Segunda versión: el paternalismo. El miedo a exponer, la burbuja protectora, la desconfianza en que el joven pueda sostener su propio peso.

Pero las leyendas no siguen manuales. Los grandes jugadores no piden permiso. Se equivocan en público, aprenden a la intemperie y conquistan su espacio a patadas limpias o cachañas innecesarias. Carlos Caszely no cambió tanto desde aquel debut incierto. Lo que cambió fue la mirada de los demás, domesticada por el paso del tiempo.

Al final, los grandes siempre son distintos. No porque alguien los haya cuidado mejor, sino porque aprendieron a crecer mientras todos discutían si estaban listos para hacerlo.

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