La Conmebol no es un lugar para ir a estirarlas piernas, sino una cueva de la que nadiesale vivo sin mostrar las garras.
Chile no tiene peso en la Conmebol. La sentencia quedó en el aire tras la eliminación de la Roja en la Copa América, a partir de los discutidos arbitrajes en sus últimos dos partidos, ante Argentina y Canadá, pero también porque alguien se lo preguntó en ese momento a Pablo Milad, como presidente de la federación chilena.
¿Qué es tener peso en la Conmebol? «Usted habla de peso. ¿Se refiere a malabares, cosas turbias? Yo tengo presencia, estoy haciendo un reclamo. Aquí no se trata de peso, sino de presencia, que las cosas mejoren transparentemente. Acá no se trata de más o menos peso, sino que se hagan las cosas bien», dijo Milad ante la duda sostenida desde el periodismo crítico hacia su gestión. Milad es el tercer vicepresidente de la Conmebol y de alguna manera se refería a la vieja sospecha de que para ganar algo en Sudamérica hay que ensuciarse un poco las manos, al estilo de Julio Grondona, Ricardo Teixeira y toda esa cáfila de ventajistas que se acurrucaba junto a ellos.
Pero no hay que irse tan lejos para fijar posturas. ¿Nuestro Sergio Jadue tenía peso en la Conmebol? Esto a partir de que su ejercicio no resultó escaso en malabares y, en forma paralela, Chile fue campeón de América con él en plena convivencia con los Zares de Asunción. La verdad, nunca lo sabremos realmente, aunque Jadue con gusto estaría dispuesto a adjudicarse los méritos suficientes para satisfacer su ego. El único peso público que tuvo Sergio Jadue fue cuando viajó a Estados Unidos para echar al agua a todos los coimeados del FIFA Gate. Cuando tuvo que traicionar los históricos pactos de silencio de la Conmebol, sin nada que ganar más que el desprecio de moros y cristianos.
Queda claro que los malabares como estrategia de poder son inadmisibles, aunque nos quedemos toda la vida pegados en la creencia de que la Conmebol jamás cambiará de rumbo hacia la transparencia total y las decisiones derechas. La corrupción y la extrema elasticidad ética que se conjetura acerca de la Nueva Conmebol, porque se parece demasiado a la Vieja Conmebol, es una mera victimización ante los resultados negativos.
Los arbitrajes, por ejemplo. Hay que defenderlos de la suspicacia y la opinología. Tener peso no es elegir a dedo los árbitros más proclives a los propios intereses, sino procurar sanciones concretas contra los errores que atentan contra la justicia deportiva y que, por el contrario, sean promovidos aquellos jueces con una imparcialidad a prueba de balas.
Tener peso también es estar informado, en tiempo y forma, de lo que se resuelve en la organización. Y no a última hora, como le ocurrió a Chile en la miserable repartija de las sillas musicales del Mundial 2030. Estar informado equivale a tener poder en la Conmebol.
Un dirigente es más que un simple representante llenando una silla. Es alguien que conoce al detalle los reglamentos, que sin corromperlos los utiliza en beneficio de la institución que defiende y que, por supuesto, asume que sus adversarios, con buenas o malas artes, persiguen el mismo resultado. La Conmebol no es un lugar para ir a estirar las piernas, sino una cueva de la que nadie sale vivo sin mostrar las garras.


