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Título/Pie de foto: Ricardo Martínez
Esta ocurre entre los 25 y los 35 años cuando los compromisos laborales y relacionales de las personas dejan de ser suficientes y se empieza a buscar un cambio.
Ricardo Martínez
Se habla harto de las crisis existenciales por las que pasamos las personas: que la crisis de los veintes (y la de los treinta, los cuarenta, los cincuenta…). A veces se habla hasta de la crisis de la mitad de la vida («midlife crisis», con la que hasta titularon una canción los Faith No More).
Bueno, la cosa es que se está hablando de una «crisis del cuarto de vida». Oliver Robinson y colaboradores revisitaron esta idea (que circulaba desde antes) de una crisis del cuarto de vida hace un par de años («Journal of Adult Development», 2013), planteando que esta ocurre entre los 25 y los 35 años cuando los compromisos laborales y relacionales de las personas dejan de ser suficientes y se empieza a buscar un cambio.
Ojo con que por supuesto que no se trata de un cuarto exacto de la vida, este nombre no es el resultado de un cálculo matemático. Robinson et al (2013) señalan que entrevistaron a cincuenta personas sobre este tema y llegaron a la conclusión de que la crisis pasa por cuatro fases.
Atención. La primera fase la llaman «locked-in» y consiste en «sentirse atrapado/a», en que el trabajo que se tiene, la pareja con la que se está, parecen perspectivas poco prometedoras. La fase dos se resume en un «duelo por la vida pasada» («separation») y consiste en que ya se aceptó tomar nuevos rumbos, como por ejemplo, un cambio de oficio o de pareja, pero eso va acompañado de una sensación de pérdida.
La fase tres conlleva, de acuerdo con los autores, a «dudar de uno/amismo/a» («exploration»), porque se está, como dicen los jóvenes que pasan por ella en Chile: «pisando huevos». Sin embargo, es muy importante, porque en ella se empieza a reconstruir una nueva vida.
Finalmente, la fase cuatro, llamada de «reconstrucción» propiamente tal, considera que se despliegan nuevos compromisos vitales, mucho más alineados con los intereses y aspiraciones personales. Es importante en esto, y en ello son claros los autores, no acelerar el proceso, en sus propias palabras, ponerle «fast-forward» («adelantar» como en las viejas radiocaseteras) al proceso puede terminar en una menor probabilidad de que la crisis culmine bien. Algo parecido es lo ha estado viviendo Amparo Hernández, así que, a tomarse el tiempo y la calma.


