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Título/Pie de foto: Roberto Merino
Roberto Merino
He contado muchas veces una escena que me indujo, en la infancia, a intuir por primera vez la existencia de un límite entre mi propia vida -la vida familiar, puertas adentro- y la vida de los otros, de los innominados transeúntes, merodeadores, la gente que no contaba en los rudimentos iniciales del relato que me hacía del mundo, salvo como una colección de expresiones y vestimentas. Era esto: en mi casa hubo televisor más o menos tempranamente, en los primeros años de los sesenta. El televisor se instalaba a veces en la pieza de mis abuelos, cuyas ventanas daban a la calle. Cuando esto sucedía era común que se juntaran personas al lado de afuera, mirando los programas a través de los visillos.
La imagen era tan extraña como las que se podían observar en el televisor mismo, de lo que infiero que a cierta edad precoz uno experimenta la vida como un flujo medio irreal. El tiempo, la evolución diaria de la luz, los olores, los nombres de la gente, las risas, los dientes ajenos, todo eso no parece estar del todo localizado. Es un momento en que uno no se pregunta muchas cosas sobre la existencia, en la medida en que, como un animal, se encuentra sumergido en ella.
Circulaba hace unos años una animación llamada The annoying orange , en la cual los protagonistas eran frutas y hortalizas, siempre fustigadas por las burlas insoportables de una naranja con cara. Se trataba de un rostro antipático, con ojos indiferentes y boca enorme, sonriente. La efectividad de estos videos procedía, a mi entender, de ese tipo de experiencias liminales, de las largas tardes en que uno les adjudicaba intenciones o personalidades a los objetos inertes. Muy poco después se aprende que las frutas no sufren y que su semejanza con tal o cual individuo no quiere decir que comparta con él rasgos psicológicos.
He recordado esto a raíz de una lectura que me ha tenido pescado en los últimos días: las memorias del abogado José Miguel Varela, Un veterano de tres guerras . El núcleo del libro son las acciones épicas, espantosas a ratos, en las que Varela se vio envuelto en la segunda mitad del siglo XIX. No obstante, se dejó tiempo para consignar aspectos de la vida común chilena de ese tiempo de una manera ejemplar. La curiosidad del autor nos permite conocer muchos detalles que signaron el paso de nuestros ancestros por el mundo y que han pasado drástricamente a recaudo del olvido.
En 1883 Varela fue testigo, en la Plaza de Armas, de la inauguración de la luz eléctrica en Santiago. Fue un rito al que asistió el presidente de la república y miles de espectadores ansiosos. Se apagaron los faroles de gas, quedó fugazmente todo en penumbras y de repente apareció el milagro: unos ingleses activaron los interruptores y la plaza se iluminó de un modo desconocido hasta entonces, generando en la multitud un murmullo de asombro.
La primera residencia que tuvo luz eléctrica, cuenta Varela, fue el Palacio Matte, que todavía esté en pie en la calle Compañía. Los propietarios accedieron a encender diariamente todas las luces de la casa para satisfacer a los grupos de curiosos apostados en la vereda del frente, congregados para maravillarse ante el nuevo prodigio.


