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Kelly Roberts pone sus caras raras en Instagram
Wilhem Krause
El 2009, Kelly Roberts sintió un dolor inconmensurable: su hermano murió por envenenamiento con alcohol. «Fue una de esas cosas terribles que no se pueden explicar. Una muerte sin sentido que cambió a mi familia de los modos más profundos», recuerda. Entonces, se centró en la comida para pasar las penas, principalmente en los brownies. Ergo: subió 30 kilos.
Pasó un par de años y con el tiempo el panorama de su vida se desplegó más agreste. Tras graduarse de la Universidad de Long Beach, con un grado en actuación, dirección y escritura, volvió a la casa de sus padres en San Diego, California. La desmotivación era total. La mayoría de sus amigos había emigrado a ciudades más grandes y ambiciosas. Estaba sola. «Los únicos que quedaban eran los más flojitos u otros que no acostumbraban a tenerme cerca. Llegaba a casa a las seis de la tarde sin ningún panorama», cuenta.
Algo tenía que cambiar. Decidió partir por lo más obvio: su cuerpo. Así que su hábito de comer un brownie cada vez que se sentía triste fue reemplazado por una visita al gimnasio. Fuera la harina, adentro la lechuga. En el aniversario de muerte de su hermano, su ansiedad aumentó, para peor el gimnasio estaba cerrado. Y se le ocurrió salir a correr. «Odiaba correr. En serio lo odiaba con cada fibra de mí ser. ¡Lo encontraba aburrido! ¡Era difícil! Lo pasaba mal haciéndolo».
Igual lo hizo. «Ni siquiera llegué al final de mi cuadra cuando tuve que detenerme para caminar. Pero en vez de volver a mi casa, decidí caminar hasta que volviera mi aliento. Y después, correr hasta perderlo de nuevo. Una hora y media después, no estaba tan ansiosa y me sentía mejor. Así que seguí haciéndolo», relata. Por un par de semanas, no superaba el kilómetro y medio sin detenerse, al mes ya llegó a los cinco, cuatro meses más tarde ya había logrado correr su primer maratón.
Luego tuvo dos ideas: armar un blog y (la mejor) tomarles fotos a tipos guapos que corren cerca de ella. El momento Eureka vino en el medio maratón de Nueva York. «Divisé a un hombre guapo que estaba detrás de mí y le tomé una foto para enviársela a mi hermana. Después de eso pensé: Wow, tengo que hacer esto siempre».
Así, el recién terminado 2004 transformó su cuenta de Instagram. Ahora Roberts, en plena corrida, les toma fotos a desprevenidos deportistas y los encuentra guapos a todos. «¡No hay nada más atractivo que un tipo que corre! Siempre tienen esos rostros serios y estoicos. Parecen dioses griegos», describe.
-¿No se ha quejado algún tipo al que le tomas fotos?
-La única reacción que consigo, si es que consigo alguna, es: «¡Eres la chica de las selfies!». Aunque sólo ha pasado algunas veces. O no se enteran hasta que sus amigos los etiquetan en Instagram. Sus reacciones siempre son positivas. Nunca alguien me ha dicho que está incómodo con que su foto sea compartida. Después del maratón de Nueva York, uno de los papás de los tipos hasta me preguntó si quería el número de su hijo.
-¿Por qué pones esas caras tan raras en las fotos?
-No me tomo fotos serias. Encuentro que las fotos posadas son muy fomes. Me encantan las casuales o las fotos en acción porque atrapan un momento en el tiempo y tienen como una energía infecciosa. Me he tomado selfies corriendo desde que empecé a correr. Era un modo de decirle a la gente que estaba haciendo algo por mi vida. Me enorgullecía tanto decir que había corrido recién.
-¿No encuentras que tomarle estas fotos a los hombres es convertirlos en objetos?
-La definición de objetivar es degradar el estatus de alguien, no hago eso de ningún modo o forma. Así que no, no creo que esté objetivando a los hombres. No creo que tirar piropos en la calle sea lo mismo que tomarle una selfie a un tipo. Mi objetivo es diferente.


