El fin de la mujer invisible

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Por años, las sociedades tendían a favorecer a las mujeres dulcificadas y a las maternales…

Ricardo Martinez

En realidad no me gusta mucho el concepto de «zorrona», como la versión en femenino del «zorrón», ese tipo canchero que saluda palmoteando las manos con un «¡cómo va, zorrón, perro, castor!», o el más simple, «¡cómo va, papá!», que maneja a todo full su auto. No me gusta el concepto de «zorrona», porque en él hay un sesgo de género demasiado evidente. La sociedad parece permitir a los hombres ser zorrones y eso es hasta entretenido, pero que las mujeres se comporten como en el ejemplo de arriba es sancionado socialmente. ¿Por qué?

Hace casi veinte años leí un libro que me cambió para siempre la manera de ver estas cosas, lo escribió Raphael Patai y trataba de mostrar cómo habían sido entendidas las mujeres y sus comportamientos a lo largo de la historia: estaba la mujer dulce, la mujer maternal y la mujer fatal (entre otras). Esta última se asociaba a las «vampiresas» y también a un personaje que cierto conocimiento esotérico llamaba «Lilith». A lo largo de los siglos este último estereotipo femenino había sido sancionado por ser considerado peligroso. Las sociedades tendían a favorecer a las mujeres dulcificadas y a las maternales y a «invisibilizar» a las mujeres fatales.

El arribo del feminismo en las últimas décadas significó un giro radical. De pronto se empezó a valorar a la mujer independiente, con sus propios ideales y su propia agenda y que, como el personaje que intenta representar la «zorrona», es muy activa en la conquista sexual y /o amorosa.

Es realmente mucho mejor así. Los roles que interpretamos las personas, como los de género, son solo eso, roles, no esencias, no algo que esté escrito en piedra. Los hombres pueden llorar y las mujeres pueden ser un huracán de actividad. Así como todo otro tipo de combinaciones.

Las cosas son mejor porque como los roles pueden ser cambiados, todas y todos podemos ser mayores facturadores de nuestros destinos: si a la chica la gusta el chico, va y le habla, y si a la chica le encanta conquistar chicos, va y lo hace. A esto se le llama «empoderamiento» y es sumamente aplaudible. Pero, y siempre hay un pero, las formas y los modos del pasado, siguen existiendo, de manera menos explìcita, de manera más oculta. Y hablar de «zorronas» tiene un poco de eso, hay un retroceso en estas formas de referirse a algo que es simple y es valorable: que las mujeres tomen la iniciativa de la conquista si así lo quieren.

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