Té amargo y marraqueta añeja

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Título/Pie de foto: Esteban Abazúa


Bravo tenía el derecho de callar o apoyar los dichos de Julio Barroso y, en cambio, tomó el otro camino posible: el de la sensatez.

Esteban Abazúa

Junto a Matías Fernández, Claudio Bravo ha sido uno de los seleccionados nacionales más defendidos a todo evento por los colocolinos en los últimos años. Tras la definición del título contra la U en el Torneo de Apertura de 2006, en la que Bravo le atajó un penal al colombiano Mayer Candelo, estos jugadores quedaron a la cabeza de un episodio que los hinchas de ambos equipos recordarán por siempre. Los azules, por supuesto, a través del chaqueteo y las pullas: una disfunción cerebral similar a la obsesión de los fanáticos albos por las maniobras extradeportivas del arquero Johnny Herrera.

Esa apología permanente no es la razón de que Bravo se convirtiera con el tiempo en capitán y titular indiscutido de la Selección desde que le tocó desplazar a Nelson Tapia hace una década. Bravo está donde está por lo que hizo con sus propias manos y su única deuda reconocida la mantiene con su formador, Julio Rodríguez, quien le enseñó los secretos del puesto que hoy lo tienen jugando en Barcelona. El cariño de los colocolinos, sin embargo, siguió junto a él, no como una deuda que se deba cobrar con intereses en la ventanilla del banco, sino como lo que representan finalmente estos sentimientos: la certeza de que nunca estuviste solo cuando creías que estabas solo.

En estos casos tampoco importa que un antiguo ídolo se sienta obligado a retirarse en el club de sus afectos. Incluso puede ser un alivio para todos, porque el viejo crack fácilmente se transforma en un vejestorio si la decisión de volver llega demasiado tarde, de modo que si Claudio Bravo estima que puede despedirse del fútbol en España (como ha dicho un par de veces) quizás esté protegiendo justamente esa gran volada fundadora de recuerdos ante la cucharita de Candelo.

La capitanía de la Selección no concede inmunidad ante las críticas ni impone dictadura en los argumentos, pero cuando el capitán es un tipo serio como Claudio Bravo sirve para aprender más rápido que los demás: fue el rostro visible en la mala repartija de los premios en la Roja, y como tal salió a dar explicaciones y pedir disculpas, y cuando le preguntaron por las disputas entre colocolinos y chunchos por el caso Barroso intentó dar una opinión con altura de miras. Dijo: «Me cansan tantas quejas. Después, por un par de tonteras que nosotros mismos declaramos, hay conflictos en el estadio».

Bravo tenía el derecho de callar o apoyar los dichos de Julio Barroso y, en cambio, tomó el otro camino posible: el de la sensatez. Los colocolinos en el camarín del Monumental, en vez de cerrarle las puertas, podrían haber hablado cara a cara con alguien que tenía la experiencia necesaria para ayudarlos a sacarse la nube negra que los persigue y encontrar la marraqueta crujiente y el té más dulce al final del túnel.

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