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Título/Pie de foto: Neil Davidson
Neil Davidson
Como el trazado de la fractura de San Ramón roza el colegio de mis hijos en Peñalolén, hace tiempo que la tengo considerada entre los peligros que enfrentan, junto a los autos, los degenerados, los estupefacientes, el canal de San Carlos, la tricomoniasis y los médicos pastilleros. Esta semana, la prioricé más a raíz de una nota en el diario donde se afirmaba que está «lista» para provocar un terremoto catastrófico. Apenas se me asomó la esperanza de que el desastre se produjera en las vacaciones escolares y no en marzo; sin embargo, entendí que esa inminencia era relativa. De acuerdo a la fuente de la noticia, un informe con el título «Probing large intraplate earthquakes at the west flank of the Andes» publicado en la revista Geology , la fractura habría provocado dos terremotos grandes en los últimos 19.000 años, el segundo de ellos hace unos 8.000, de modo que nos tocaría otro más o menos luego; pero ese «luego», supongo, abarca un gran rango de fechas.
Aun así, ocho mil años es un lapso perturbador, justo en el límite entre el tiempo geológico y el histórico. Y aun más inquietantes son los pormenores del estudio de terreno que dio lugar a esa diagnosis: el equipo geológico cavó un hoyo -en lenguaje técnico, una «trinchera paleosismológica»- y dio con la falla, cuya gran peligrosidad radica justamente en su cercanía a la superficie. «La podría haber encontrado un niño», pensé horrorizado; de hecho, cavaron hasta una profundidad de cinco metros, más allá del alcance de una pala playera, y lo que encontraron no se parecía mucho a una bomba sin explotar, sino que eran «rasgos geométricos» y sedimentos sugerentes.
Para hacer la trinchera, sin embargo, tuvieron que encontrar una de «las escasas exposiciones dejadas intactas por la urbanización reciente»; o sea, se han construido casas directamente encima. Y lo otro que consta del informe es que sus autores realmente dan la voz de alarma: la falla tendría el potencial de provocar un terremoto «significativamente más destructivo» en Santiago de lo que se suponía, y por unos cambios geológicos recientes, no habría que caer en la «falsa sensación de seguridad» inducida por los lapsos largos entre los terremotos históricos.
Es difícil saber qué hacer con esas advertencias. Les servirán sin duda a los urbanistas y, si las consideran, a las inmobiliarias, pero vienen un poco tarde para impedir la construcción de la ciudad en lo que es evidentemente un sitio inadecuado. En cuanto a los individuos, supongo que nadie va a cambiarse de casa o sacar a sus hijos del colegio para alejarse de un elástico que podría romperse mañana, o en mil años más. La fractura de San Ramón simplemente ha venido a sumarse a los peligros que se ciernen en el borde de nuestra consciencia, como los meteoritos y la guerra nuclear.


