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Autor de la Foto: CEDIDA
Título/Pie de foto: Era feliz entre los paisajes del altiplano.
Entró a la institución luego que un hermano mayor, que también era carabinero, fue asesinado en un asalto
Tras esa muerte, ocurrida en 1988, su padre reunió a todos los hermanos y les dijo: «No quiero nunca más un carabinero en esta casa». Germán no hizo caso y terminó patrullando la frontera con Perú.
Arturo Galarce
Hualpencillo, 1988. Apenas se enteró de la noticia, el guardia de seguridad Segundo Cid Padilla reunió a la familia. Fue una charla breve, una frase a varios kilómetros de la comuna de El Bosque, en Santiago, donde el carabinero Sergio Antonio Cid Conejeros, uno de sus 17 hijos, había fallecido al interponerse entre la dueña de un almacén y la bala disparada por el sujeto que intentaba asaltarla… La frase, en realidad, fue una orden: «No quiero nunca más un carabinero en esta casa», dijo Segundo, rompiendo el silencio del living de su casa. Sergio tenía 24 años y su hermano Germán, el sargento encontrado muerto en Visviri hace dos días, 18.
La muerte de su hermano sorprendió a Germán con su enseñanza media recién terminada en el Liceo A-87 de Hualpén. Entonces se dedicó a trabajar en un supermercado del centro de Concepción, empaquetando, atendiendo clientes, haciendo de todo. Lo importante, lo único importante, cuenta Alejandro Cid, uno de sus hermanos, era conseguir dinero. «No teníamos grandes recursos. Éramos una familia de clase media, pobre. Entrar a la universidad y estudiar algo no era una opción. La única opción era trabajar. Y Germán trabajaba, estaba estable con el dinero que conseguía y todo lo demás lo hizo a escondidas».
Sin decirles a sus padres, Germán se inscribió en la Escuela de Carabineros de Hualpén ese mismo año. El recuerdo de su hermano Sergio y su labor inconclusa por culpa de un disparo, dice Alejandro, hicieron que Germán se rebelara a la orden de su padre sin pensarlo mucho. «Con el tiempo él me decía que lo había hecho por una vocación de servirle a la gente, como a esa señora que intentaban asaltar cuando falleció Sergio Antonio».
Un par de meses después de la muerte de su hermano, una noche lluviosa recuerda Alejandro, Germán llegó a casa después del trabajo a reunir a sus padres y hermanos. Les dijo que la próxima semana tenía que tomar sus cosas y partir a su formación policial a la Escuela de Carabineros de Temuco. «Dijo que lo haría en honor de nuestro hermano Sergio. Y que también era su vocación. Mi padre se enojó mucho. Estaba muy molesto. Recuerdo a mi hermano llorando solo en un rincón de la casa».
Luego de su formación en Temuco, Germán Cid fue trasladado a San Javier, y más tarde a Linares, donde conoció a Gisella Agurto, su esposa, con quien tendría dos hijas, Gisella, de 12, y Sofía, de 11. El tiempo ya había curado, al menos, la relación de Germán con sus padres, radicados ahora en Quillón tras la jubilación de Segundo. Ver a Germán feliz con su trabajo y luego realizar los cursos de patrullaje fronterizo, los hizo cambiar de opinión.
«Buscando mejorar su situación económica después mi hermano pidió que lo trasladaran a Arica», dice Alejandro. Eso ocurrió el año 2008. Germán quería ver crecer a su familia en un lugar tranquilo, con buen clima y bajos índices de delincuencia para, precisamente, no correr los mismos riesgos que en zonas urbanas. El año 2012 fue enviado como jefe de la unidad Tacora, donde cumplía turnos de 15 por 5 días. Según Alejandro, Germán nunca le transmitió temor. Al contrario, le fascinaban los paisajes, que fotografiaba para subir a su perfil de Facebook. «Nunca nos dijo que tenía miedo», dice Alejandro, antes de cortar el teléfono. «Y tampoco estamos apurados en encontrar culpables y que se haga justicia, obviamente lo esperamos, pero estamos tranquilos porque Germán estaba haciendo lo suyo».


