Antes que inventar un estilo, Lemebel llegó al suyo a través de la acción.
Leonardo Sanhueza
Pedro Lemebel se hizo a sí mismo a contrapelo de todo. Las instituciones, la sociedad, los géneros literarios, etcétera: todo ese corral severo -que arrugaba la nariz ante el surgimiento de aquella diferencia enarbolada en su «Manifiesto» de 1986- fue el escenario en que Lemebel hizo que la protesta y la reivindicación se crisparan y encresparan hasta volverse arte.
Antes que inventar un estilo, Lemebel llegó al suyo a través de la acción. Sus crónicas son por supuesto hijas de la realidad y de una mirada singular («Ojo de loca no se equivoca»), pero también de la necesidad de leerlas en voz alta, a veces muy alta, o bien susurradas en los micrófonos radiales. En ese sentido son espectaculares y, como tales, encontraron su entonación en las plumas de colores, en las lentejuelas, en la exageración, en la contorsión de los adjetivos, en la acrobacia verbal.
Ese aire de cabaret, sus luces que intentan alegrar la noche de los solitarios, noche negra de rímel corrido, acompañó a Lemebel como una marca de vida. La bisutería sobre la agresión, las rosas sobre la miseria, la estola de plumas sobre el dolor. Un sol de jeringas, una pasarela de vidrio molido. La belleza esparcida, como en un furioso rito de sanación y protesta, sobre los sitios eriazos, las fosas comunes o las esquinas de las poblaciones.


