Nada es tan así

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Roberto Merino

Me da la impresión de que los filósofos desconfían del sentido común porque esta cualidad del entendimiento les impide alcanzar ciertas alturas en su ejercicio intelectual. El sentido común sería la estructura de pensamiento de los conformistas, de los adaptados y de los paniaguados del mundo. Si el pensamiento fuera un camino, el sentido común operaría como una señalética restrictiva.

Una vez llegó a mi casa, con el ánimo un poco lúgubre, un querido amigo. Estaba atormentado por un dilema que involucraba su punto de vista para juzgar las cosas: no sabía si optar por el realismo o por el nominalismo. No se me ocurrió otro aporte que una pachotada: pregúntale a la vieja del kiosco, a ver qué te dice. Esto significaba simplemente llevar el problema a un plano pragmático. Equivalía a decir: qué importancia tiene para tu vida -y para la vida de los otros- una opción o la otra.

La soledad es mala consejera, dice el adagio popular. Cuando uno vive solo está muy expuesto a la posibilidad de engolosinarse con sus propias ideas. De una distracción en otra, de la cama a la ducha, termina creando monstruos y fantasmas si no hay nadie en las inmediaciones que favorezca alguna clase de conversación. El extremo opuesto se experimenta en la vida familiar. Parece que la familia, en especial la familia chilena, es enemiga de la especulación exacerbada. No le deja tiempo a nadie y no permite más que un pensamiento práctico. Un tipo que -en vez de llamar al gásfiter- se queda demasiado rato viendo símbolos en las manchas de humedad que ha dejado la filtración de un muro, con toda seguridad será impugnado como imbécil o inoperante.

A veces, en la mencionada soledad, he llegado a extremos, a posiciones radicales de individualismo. He refutado mentalmente desde la realidad misma hasta el automatismo de los abrazos de año nuevo. Y al cabo de un rato, en la necesidad de reintegrarme a la vida de los demás, he pensado que mejor dejo esas conclusiones en la esfera privada. No quiero ser distinto a nadie más allá del grado en que lo soy naturalmente. No quiero tampoco adquirir notoriedades patéticas ni me interesa que mis ideas sean difundidas ni compartidas. No quiero más que vivir día a día con el tipo de orientación que los felinos obtienen de sus pilosidades. Con los años, y aunque suene pomposo, le he ido confiriendo más importancia a la alegría básica que a las vanidades de la reflexión.

Hace unos años solía escucharse un deseo filtrado por personas bien intencionadas: que los gobiernos deberían dejar lugar a la gente que piensa, a los «intelectuales». Da risa y espanto imaginar un mundo regido de esta manera. Cuánto descriterio se canalizaría en la vida misma de los individuos, cuánta reivindicación atrasada, cuánto capricho conceptual, cuántas nuevas obligaciones asociadas a cargas adicionales de ruido verbal o retórica. Se entiende que el cristianismo privilegie a los «pobres de espíritu».

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