¿Quién es el dueño de este fracaso?

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Título/Pie de foto: Esteban Abarzúa


Ya va siendo hora de que las sociedades anónimas deportivas empiecen a mostrar aquella capacidad de emprendimiento que ofrecieron al llegar.

Esteban Abarzúa

Última en el Grupo B del Campeonato Sudamericano de 2015, la Sub 20 de Chile vuelve a casa con ganas de olvidar pronto el mal rato, las afrentas merecidas y las explicaciones exigibles. Perder es parte de las posibilidades, pero parece que esta vez a alguien se le pasó la mano con la sal: desde hace tiempo no sentíamos que un equipo chileno fuera tan frágil en su respuesta competitiva.

Esto, por ejemplo, «no hubiera pasado con Bielsa»: aquella frase de no hace tanto que sacó de quicio a más de alguien y que, sin embargo, alcanzó a sustentar verdades del porte de una goleada. Pero tampoco hubiera pasado con José Sulantay, quien después de perder un partido por 7-0 en un mundial regresó al mundial siguiente para terminar en el tercer puesto, con esos mismos jugadores que hoy mantienen los niveles de satisfacción nacional en los estándares adecuados. Después de perder 7-0, Sulantay no descubrió a Alexis Sánchez ni a Arturo Vidal, pero sí fue capaz de juntarlos, ofrecerles un equipo a su altura y ayudarlos a conocer los grandes desafíos que en ese momento sólo podían presentir.

En el fondo, al fútbol chileno se le cumplió un sueño: con Vidal y Alexis el futuro llegó. Tenerlos ahora en la Selección es como un Elías Figueroa multiplicado por dos en sus mejores años y con la fortuna de haber jugado junto al Cóndor Rojas (Claudio Bravo) y el Pluto Contreras (Gary Medel). Sin embargo, y puede que sea el destino de las generaciones condenadas a reinar por largos años, ahora no hay futuro.

El Pollo Véliz, que ganó bastante más de lo que perdió dirigiendo a las selecciones menores de Chile, dijo hace unos días que no hay que tenerle miedo a la palabra fracaso: fracasaron en primer lugar los jugadores que viajaron a Uruguay para certificar su condición de futbolistas profesionales, pero fracasaron también el entrenador Hugo Tocalli, el directorio de Sergio Jadue, el Consejo de Presidentes del fútbol chileno y los paladines de la Bolsa.

Son demasiados padres, sin duda, para una sola caída, porque en realidad ya va siendo hora de que las sociedades anónimas deportivas, que irrumpieron hace rato en Chile, empiecen a mostrar aquella capacidad de emprendimiento que ofrecieron al llegar. Su modelo de negocios depende fundamentalmente de cobrar su mascada en los derechos de televisión y de formar jugadores para venderlos a buen precio en el mercado europeo. En un caso sólo tenían que esperar sentados, pero en el otro había que trabajar en serio. Vidal, Alexis y los demás que salvan el presente vienen del pasado.

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