Que les llueva finito

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Antonio Gil

Este verano chileno la muerte ha bajado, o subido, con su sombrero de paja y su canasto de mimbre para hacer una buena cosecha de escritores. Esos mismos que, vivos, valen casi nada en el estante de los reconocimientos y que cobran, gracias a «la desnarigada», como la nombran los mexicanos, un cierto halo pasajero de afecto. E incluso una que otra real o fingida muestra de congoja en las notas necrológicas.

Hay los que se conocen recién, de pronto, simplemente porque se han ido, como es el caso del poeta suicida Pedro Montealegre, y otros que culminan su áspero viaje tras largas agonías, como Pedro Lemebel o la querida Guadalupe Santa Cruz. Como se ve, este mes le ha ido bien a Madame La Mort, esa viejísima cabrona que nos mira mientras nosotros, sabiendo que viene en camino para tocarnos la puerta, vivimos y habitamos como si no existiera.

El poeta italiano Cesare Pavese alguna vez dijo: «Vendrá la muerte y tendrá tus ojos / esta muerte que nos acompaña / desde el alba a la noche, insomne, / sorda, como un viejo remordimiento / o un absurdo defecto». Y, claro, siempre está ahí presente, para taxistas, dermatólogos o reponedores de supermercado, viviendo en cada respiro y cada gesto. Pero algo misterioso ocurre con los escritores, algo que sólo se evidencia cuando se ausentan: casi nadie de verdad los quiere. Representan un estorbo, una exigencia, para muchos la escolar obligación de leerlos para la prueba del martes.

Grandes cultores como son de enemistades y enconos, cuando llega la mala hora se produce primero un vacío, un silencio raro, y luego un clamor de plañideras compuesto por sus más cercanos y asiduos admiradores y lectores, junto a un odioso despliegue de hipocresía de rivales que se retractan con una sonrisita en los labios de barbaridades dichas ayer. La muerte de un escritor, por motivos que desconocemos, es un suceso extraño. Nadie escribe en el vidrio de ningún bus del Transantiago «Adiós, compañero y amigo Pedro Lemebel», por ejemplo, como hacen los choferes cuando se les muere un colega; nadie tampoco dispara ráfagas de metralleta como es costumbre brava entre los narcos en sus rituales magníficos del Metropolitano, acompañados de aceleradas de motos de cilindrada descomunal. Todo aquí es de papelito, de notitas tontas que desean buen viaje (¿adónde?) y otras boberías de ese tipo. No hay potencia alguna en esos actos. Algunos faraones, que saben de esto, como Armando Uribe, ya se domicilian en sus pirámides y esperan tendidos con los brazos cruzados sobre el pecho.

A Lemebel sólo nos unió el ser vecinos de asiento en un interminable viaje en avión a algún lugar remoto. Con Guadalupe Santa Cruz estuvimos juntos en la querida Bolivia y caminamos por las solitarias calles de Andacollo, donde nos confidenció que quería que cuando muriera le pusieran mapas, muchos mapas en su cajón. Mujer fina, divertida, inolvidable. Al Montealegre suicida nunca lo vimos. A todos ellos desde aquí les deseamos -como lo hizo un poeta- «que les llueva finito».

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