La libertad de expresión contempla la posibilidad del disenso y de la sátira, y no puede quedar al arbitrio de la particular sensibilidad de nadie.
Resfrío, meningitis, malaria, en fin… las enfermedades que se presentan con escalofríos son muchas. El ministro Eyzaguirre debe, por tanto, «ir a médico» (como se dice en el campo) si es que una portada de este medio produjo en él semejante efecto.
A veces, sin embargo, esa expresión se usa en un sentido metafórico: las películas de terror producen escalofríos, las decapitaciones del Estado Islámico o cualquier hecho que una sicología sana pueda describir como macabro.
El problema, a mi juicio, es que la imagen de la controversia no tiene nada de macabra y se limita a presentar, con algo de humor (de sarcasmo, si se quiere), un hecho objetivo: y es que será el azar el que determine a qué colegio irán los niños de Chile cuyos padres tienen la desgracia de no poder pagar uno particular.
Es verdad que el ministro es algo histriónico, y que no tiene por qué justificar racionalmente sus asociaciones libres (como la que hace entre la imagen en cuestión y la tortura), pero en cuanto autoridad, tiene también el deber de no llevar a la categoría de opinión fundada, aquello que solo se puede explicar desde el análisis de su subconsciente.
Ahora bien, si se trata de subjetividades, yo también tengo la mía, y experimento escalofríos cuando percibo que una autoridad de gobierno se permite el lujo de cuestionar una portada simplemente porque, desde su personal perspectiva, no solo presenta un dato, sino que lo hace de manera crítica.
Porque la libertad de expresión contempla la posibilidad del disenso y de la sátira, y no puede quedar al arbitrio de la particular sensibilidad de nadie. Y aunque a veces se incurra en extremos ofensivos (no es este el caso, por cierto), es mejor tolerarlos que tratar de imponer la propia opinión aludiendo a asociaciones completamente arbitrarias, como lo hizo Eyzaguirre.
Hablo, en suma, de algo que yo llamaría terrorismo intelectual, muy propio de la izquierda, cuya defensa de las libertades termina precisamente ahí donde hay adversarios de su propia ideología. Y que conste, hablo a título personal.


