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Autor de la Foto: MARCELO HERNANDEZ/PHOTOSPORT
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Gabriel Vargas se desempeña como pocos en territorio enemigo, no le tiene miedo al arco contrario ni agacha el moño contra los grandes. No es un ángel, pero sus apariciones anticipan algún tipo de juicio final.
Gabriel Vargas, el Arcángel del gol, en más de un club hizo dupla con el argentino Julio César Laffatigue, quien para no quedarse corto en el uso de los apodos, llegó a ser el Emperador del gol. Jugaron juntos en Cobresal, Concepción y Universidad de Concepción, quizás sin hacer tantos goles como insinúa la terminología, pero sí consiguieron algo que en el fútbol pocas veces se valora más allá de los resultados: se ganaron el respeto de sus rivales.Vargas todavía está en eso. Su chapa de combate es una mera casualidad debido a que se llama Gabriel y lo que en su caso realmente importa es que su nombre ya es una marca registrada del campeonato nacional. A sus 31 años empieza a ser difícil que le llegue la oportunidad de asegurar el futuro, como se dice a la salida de los camarines, pero él lleva más de una década asegurando el presente de los clubes que ha defendido. Hoy el presente es la U de Concepción, líder indiscutido del torneo con cuatro triunfos en cuatro partidos gracias a sus goles y el trabajo en equipo impuesto por Ronald Fuentes desde la banca. Esto parece, sin duda, una nueva apología de un goleador subvalorado que pretende encumbrar a un equipo chico en las alturas. Sólo es una apariencia: este sábado, ante Cobreloa, completó 300 partidos y 120 goles en primera división. Nadie puede discutirle a Vargas sus méritos para ser considerado como parte de la aristocracia productiva de las canchas locales, con mayor razón aún si cracks como Humberto Suazo, Esteban Paredes y Gustavo Canales abdicaron temprano en la pelea por ser el mejor delantero del primer semestre.
Vargas también es el otro Vargas en la campaña que le dio a la U el título de la Copa Sudamericana, tanto o más importante que el otro: un gol suyo salvó la llave preliminar contra Concepción, cuando la Sudamericana todavía era la copa de cartón y no jugaban todos los titulares.
Aunque fue campeón en la U, el Arcángel no encontró en Santiago la confianza que necesitaba y su regreso al Campanil, hace dos temporadas, le sirvió al fútbol chileno para recuperar a un protagonista movedizo y luchador infatigable en las cercanías del área rival. Gabriel Vargas se desempeña como pocos en territorio enemigo, no le tiene miedo al arco contrario ni agacha el moño contra los grandes. No es un ángel, pero sus apariciones anticipan algún tipo de juicio final.


