El simulacro de Fierro puede ser tanto un tipo de picardía como un defecto, pero prefiero pensar mucho antes que es parte del fútbol.
Juan Manuel Silva
Ahora que Gonzalo Fierro, confiado en lo breve de las imágenes, ha vuelto a incurrir en una simulación, recuerdo al poeta latino Lucrecio, que ya hace varios siglos pensaba que hay formas que son simulacros de aquello que aspiramos conocer, como ocurre cuando nos encontramos con la piel de una serpiente entre unos matorrales y creemos ver en ella el peligro de una mordida. Reaccionamos con espanto porque es la naturaleza de la visión, aquella a la que confiamos casi toda nuestra suerte, responsable de provocar una saludable desconfianza en lo real.
Battiston y Schumacher en el Mundial de España 82, Higuaín y Neuer en Brasil 2014: ejemplos de que la violencia se desvanece en una imagen que para nosotros, los espectadores, no es dolorosa. Si el primer caso es brutal, el segundo nos muestra que, a pesar de toda la tecnología que ostentamos, seguimos confiando en lo que parece y no lo que es.
El simulacro de Fierro puede ser tanto un tipo de picardía como un defecto, pero prefiero pensar mucho antes que es parte del fútbol, esa naturaleza que rige su controlado azar con ilusiones y fantasmas, como el gol de Inglaterra a Alemania en 1966, la mano de Maradona y la luminaria de los astros. Lo cierto es que en este último caso, sabemos por la ciencia, que cuando llega a nosotros esa imagen la estrella ya ha dejado de existir; algo así pasa con el juego: lo que ahora discutimos ya no es, y si fue verdad ya no importa, pasó entre los defensas y duerme en la red. La pelota gira, bota, como este planeta, aunque parezca quieta.


