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Título/Pie de foto: Leonardo Sanhueza
Leonardo Sanhueza
De cuando en cuando algún escritor anuncia que está escribiendo su «libro más ambicioso». Eso puede significar cualquier cosa, y a veces ni siquiera tiene el menor significado más allá de la fanfarronería, pero en todo caso alude a cierto caudal de historias desgarradas entre los autores y sus obras. Me refiero a los innumerables episodios legendarios en que escribir dejó de ser un sosegado y silencioso discurrir de la pluma bajo una lámpara para tomar aires de aventura épica, tragedia griega o gran hazaña. Escribir el libro más ambicioso sería entonces ponerse a prueba en esas lides propias de héroes y titanes.
Esa mitificación de la escritura -el escritor en medio de una tempestad de quimeras y alimañas, el escritor enfrentado a desafíos sobrehumanos, el escritor capaz de tomar sin inmutarse el relevo de Hércules y Sísifo al mismo tiempo- parece ser una idea romántica renovada por las vanguardias europeas, específicamente por el surrealismo, que incluía la noción del artista como un guerrero, un ninja, un arcángel, un führer, etcétera, y nunca un pausado burócrata, ni un dentista, ni un cartero. Los surrealistas de Breton no se andaban con chicas. Él mismo lo dejó decretado, cual Arturo Prat del Sena: «No será el miedo a la locura lo que nos obligue a arriar la bandera de la imaginación».
En los hechos, las historias de escritores que terminaron jugándose la vida o perdiendo la cabeza por sus obras son harto más trágicas que esos pequeños dramas burgueses de la creación, tan propios, por lo demás, de los meros provocadores. Además, no son escándalos de la personalidad, sino escándalos del destino. Pienso en el poeta italiano Dino Campana y la famosa historia de los manuscritos de «El día más largo»: en 1914, después de entregárselos a Giovanni Papini para su publicación, desesperarse ante la indiferencia y finalmente enterarse de que los papeles se habían perdido quién sabía dónde, el poeta se abocó a reconstruir su libro de memoria, trabajo de chinos o de locos que sin embargo llegó a buen puerto bajo el título con que se hizo célebre: «Cantos órficos». Pero detrás de esa hazaña literaria había una mente atormentada en que esa anécdota no tenía nada de anecdótico, sino que era el inicio de una deriva solitaria en que incluso las puertas de la Gran Guerra le fueron cerradas.
Es posible que escribir un libro se vuelva una aventura, un calvario, una pesadilla, lo que sea, pero parece ser que todo eso no tiene relación con su impulso inicial, sino con las circunstancias. Hay que ser muy ingenuo o infantil para creer, aun metafóricamente, que un escritor «se embarca» en un libro vestido de gladiador o armado con sus superpoderes como uno de los argonautas. La cosa suele ser al revés: la tempestad llega cuando menos se la espera y nos pilla con lo puesto, en la intemperie más absoluta, como diciendo: «A ver, muéstrame cómo sales de ésta».


